Cargando...
Cargando...
Eonscroll utiliza cookies técnicas necesarias para el funcionamiento del servicio. No utilizamos cookies de seguimiento ni publicidad sin tu consentimiento.
Miguel de Cervantes
Eonscroll
-«
A7L7
ez dtlArco. Editor. - Madrid.
REFRANES
DE
s^isrcüo -jpj^istz^
AVENTURAS Y DESVENTURAS,
MALICIAS Y AGUDEZAS
DEL ESCUDERO DE DON QUIJOTE
SE Hfl PUESTO Jí Lfl VEHTfl
J,a5 muJQfQi dQl Quijote.
Un grueso volumen de 272 páginas, 3 pesetas.
PÍDASE EH TODAS LflS LIBRERÍAS
)VIadr(d. Iwprtnta d« Hnto- nio iviarzo, San Ijtrmtntgiláo, «1 duplicado. CcUfono i.»r7-
AIQUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
RKKRANBS
DE
Sancho Paqza,
AVEXTDRAS Y DESYENTüRílS,
MALICIAS Y AGDDEZAS
DEL ESecOESO DE DON QUIJOTE
MADRID
LOpeZ DeL HRCO, eoicoR
Don Bam6n de la Cruz, 18. 1905
A
BIBLIOTECA
B* Woraks San martln
Serie C N." (Tif
Queda hecho el depósito que marca la ley.
DOS PALABRAS
La figura de Sancho Panza completa la de Don Quijote. Del contraste resulta no sólo el seductor encanto de la obra, sino la encarnación de la lucha eterna entre el idea- lismo y el materialismo.
Cándido y malicioso, confiado y escépti- co, leal y sufirido, la figura de Sancho me- rece atento estudio. Ninguno mejor que pre- sentarlo en aquellas situaciones en que fué el verdadero protagonista.
Hemos comenzado por coleccionar sus refranes, aunque entre ellos se contienen al- gunos que Cervantes pone en labios de Don Quijote y Teresa Panza.
Después, creemos presentar la figura de Sancho en todo su relieve, con sus desyen-
6 REFRANES DE SANCHO PANZA
turas en la venta donde fué manteado, sus malicias en el encantamiento de Dulcinea y en casa de los duques y sus agudezas en el gobierno de la ínsula Barataría.
No hemos pretendido hacer un estudio de su carácter. Cuanto al Quijote se refiere está ya juzgado y glorificado por la conciencia universal. Hemos querido sólo que Sancho Panza aparezca tal como es. En el Centena- rio del Quijote no era posible olvidar al buen Sancho.
ei editor.
Refranes de Sancho ?anza.
Quien busca el peligro, perece en él.
La codicia rompe el saco.
El bien que viniere, para todos sea, y el mal, para quien lo fuere á buscar.
Aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.
Todo saldrá en la colada.
Ese te quiere bien, que te hace llorar.
Donde una puerta se cierra otra se abre.
No pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza.
S REFRANES DE SANCHO PANZA
Más vale salto de mata que ruegos de hombres buenos.
Ruin sea quien por ruin se tiene.
Quien canta, sus males espanta.
Lo que se puede hacer por bien, no se haga por mal.
' Hacer bien á villanos es echar agua en el mar.
Desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano.
No se ha de mentar la soga en casa del ahor- cado.
Más vale pájaro en mano que buitre volando.
Quien bien tiene y mal escoge, por bien que se enoje no se venga.
Hay más mal en la aldehuela que se suena.
La rueda de la fortuna anda más lista que una rueda de molino.
REFRANES DB SANCHO PANZA 9
" Donde reina la envidia no puede vivir la virtud.
• No es la miel para la boca del asno.
Cuando te dieren la vaquilla corre con la so- guilla.
Cuando viene el bien mételo en tu casa.
Al hijo de tu vecino limpíale las narices y mé- telo en tu casa.
El que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, no se debe quejar si le pasa.
Allá van reyes, do quieren leyes.
*^ Qulfen te cubre te descubre.
Hablen cartas y callen barbas.
Quien destaja no baraja.
Más vale un toma que dos te daré.
El consejo de la mujer es muy poco, y el que no le toma es loco.
10 REFRANES DE SANCHO PANZA
Tan presto se va el cordero como el carnero.
Sobre un huevo pone la gallina.
Muchos pocos hacen un mucho.
Mientras se gana algo no se pierde nada.
Si al palomar no le falta cebo, no le faltarán palomas.
El pan comido, la compañía deshecha.
Más vale buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga.
Buen corazón quebranta mala ventura. Donde no hay tocinos no hay estacas. Donde no se piensa salta la liebre. Dime con quién andas, decirte hé quién eres. No con quien naces, sino con quien paces. Los duelos con pan son menos.
REFRANES DI SAHCHO PANZA II
La codicia rompe el saco.
Cuidados ajenos matan al asno.
En otras casas cuecen habas, y en la mía á cal- deradas.
Si el ciego guía al ciego, ambos van á peligro de caer en el hoyo.
Los que buscan aventuras no siempre las hallan buenas.
Pues tenemos hogazas no busquemos tortas.
Tal suele venir por lana, que vuelve trasquilado.
Hombre apercibido, medio combatido.
Cada oveja con su pareja.
Dios, que da la llaga, da la medicina.
Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio.
12 REFRANES DE SANCHO PANZA
' Tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales.
Antes se toma el pulso al haber que al saber.
Un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado.
El buey suelto bien se lame.
En manos está el pandero que le sabrán bien tañer.
Menos mal hace el hipócrita que se finge bueno que el público pecador.
El mal ajeno de pelo cuelga.
Quien yerra y se enmienda, á Dios se enco- mienda.
Haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él á la mesa.
Al buen pagador no le duelen prendas. En casa llena, presto se guisa la cena.
m
REFRANES DE SANCHO PAN2A 1 3
Donde menos se piensa se levanta la liebre (i).
Cada uno ha de hablar de su menester donde quiera que estuviere.
A buen salvo está el que repica.
Júntate á los buenos y serás uno de ellos.
Quien á buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.
El que larga vida vive, mucho mal ha de pasar.
Por su mal le nacieron alas á la hormiga.
De noche todos los gatos son pardos.
Asaz desdichada es la persona que á las dos de la tarde no se ha desayunado.
No hay estómago que sea un palmo mayor que otro.
(i) Hay otro refrán anterior análogo; pero en aquél dice: «donde no se pienfa», y rti ésft; «donde menot*; en u^uél: «taita la lí^titt», y en ¿ste. <se levtafM.
14 REFRANES DE SANCHO PANZA
Las avecitas del campo tienen á Dios por su proveedor y despensero.
Más calientan cuatro varas de paño de Cuenca que otras cuatro de limiste de Segovia.
Al dejar este mundo y meternos la tierra aden- tro, por tan estrecha senda va el príncipe como el jornalero.
No ocupa más pies de tierra el cuerpo del Papa ' que el del sacristán.
Detrás de la cruz está el diablo.
No es oro todo lo que reluce.
' A quien cuece y amasa no le hurtes hogaza.
Más vale el buen nombre que las muchas ri- quezas.
Debajo de mala capa suele haber un buen be- dedor.
Aunque las calzo no las ensucio.
REFRANES DE SANCHO PANZA 1 5
El buen gobernador, la pierna quebrada y en casa.
Más vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga.
Tripas llevan á pies, que no pies á tripas.
Un asno cargado de oro, sube ligero por una montaña.
' Dadivas quebrantan peñas.
A Dios rogando y con el mazo dando.
' Pon lo tuyo en consejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro.
La avaricia rompe el saco (i).
Al buen entendedor pocas palabras.
En la tardanza va el peligro.
. Cuando te dieren la vaquilla acudas con la so- guilla (2).
(i) Hay otro análogo; pero en vez de «La avaricia», dice <La codicia», (a) «Corral coa la losuilla», dic« ea otro anttrior.
1 6 REFR4NES DE SANCHO PANZA
En priesa me ves y doncellez me demandas.
El vino demasiado, ni guarda secreto ni cumple palabra.
- El dar y el tener, seso ha menester.
La diligencia es madre de la buena ventura, la pereza su contraria.
A quien Dios quiere bien-, la casa le sabe.
Las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo.
Haceos miel y paparos han moscas.
Del hombre arraigado no te verás vengado.
Al buen callar llaman Sancho.
Entre dos muelas codales nunca pongas tus pulgares.
A idos de mi casa, y ¿qué queréis con mi mujer?, no hay responder.
d
REFRANES DE SANCHO PANZA l^
Si da el cántaro en la piedra ó la piedra en el cántaro, mal para el cántaro.
El que ve la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo.
Más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.
Mientras se duerme todos son ¡guales.
Tripas llevan corazón, que no corazón tripas (i)
Cuando Dios amanece, para todos amanece.
Haceos de miel y comeros han moscas (2).
La doncella honrada, la pierna quebrada y en casa (3).
La mujer y la gallina, por andar se pierden aina.
La que es deseosa de ver, también tiene deseo de ser vista.
(i) En otro anterior dice: «Tripas llevan á pies, etc.»
(2) Anteriormente, en el mismo refrán, dice: «paparos han moscas»,
(3) Lo mismo dice en otro refrán del «gobernador».
1 8 REFRANES DE SANCHO PANZA
Ándeme yo caliente y ríase la gente. Vióse el perro en bragas de cerro.
Tal el tiempo, tal el tiento.
Siempre es alabado más el hacer bien que mal.
Un palo compuesto no parece palo.
Bien se está San Pedro en Roma.
Nadie tienda más la pierna de cuanto fuere lar- ga la sábana.
Cuando á Roma fueres, haz como vieres.
Lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño.
Bien vengas mal si vienes solo.
El hombre pone y Dios dispone.
Dios sabe lo mejor y lo que está bien á cada uno.
REFRANES DE SANCHO PANZA ig
Nadie diga desta agua no bfeberé.
Es querer atar las lenguas de los maldicientes lo mismo que querer poner puertas al campo.
Lo que has de dar al mur, dalo al gato, y sa- carte ha de cuidado.
Al enemigo que huye, hacerle la puente de plata.
Muera Marta y muera harta.
Hasta la muerte todo es vida.
Quien las sabe las tañe.
Tanto monta cortar como desatar.
Del dicho al hecho hay gran trecho.
Donde las dan las toman.
No siempre hay tocinos donde hay estacas (i)./
Viva la gallina, aunque con su pepita.
(i) Análogo i. otro Anterior.
20 REFRANES DE SANCHO PANZA
Hoy por ti y mañana por mí.
Cada uno es artífice de su ventura.
La culpa del asno no se ha de echar á la ai- barda.
Quitada la causa se quita el pecado.
Ojos que no ven, corazón que no quiebran.
Dijo la sartén á la caldera: quítate allá, oji? negra.
A mal viento va esta parva.
Todo el mal nos viene junto, como al perro los palos.
El abad, de donde canta yanta.
No se ganó Zamora en una hora.
El asno sufre la carga, mas no la sobrecarga.
A dineros pagados, brazos quebrados.
Liebre huye, galgos la siguen.
En los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño.
/(ventura; y desventura;.
Aventura de ios yangUeses.
DESVENTURAS DE SANCHO
Apeáronse Don Quijote y Sancho, y dejando al jumento y á Rocinante á sus anchuras pacer de la mucha hierba que ahí había, dieron saco á las alforjas, y sin ceremonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo comieron lo que en ellas hallaron. No se había curado Sancho de echar sueltas á Rocinante, seguro de que le conocía por tan manso y tan poco rijoso, qae todas las yeguas de la dehesa de Córdoba no le hicieron tomar mal siniestro. Ordenó, pues, la suerte y el diablo, que no todas veces duerme, que anduviera por aquel valle paciendo una manada de hacas gali- cianas de unos arrieros yangüeses, de los cuales es costumbre sestear con su recua en lugares y si- tios de hierba y agua, y aquel donde acertó á ha
22 AVENTURAS Y DESVENTURAS
liarse Don Quijote era muy á propósito de los yangüeses. Sucedió, pues, que á Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las señoras hacas, y saliendo, así como las olió, de su natural paso y costumbre, sin pedir licencia á su dueño, tomó un trotillo algo picadillo, y se fué á comunicar su ne- cesidad con ellas; mas ellas, que á lo que pareció debían de tener más ganas de pacer que de él, re- cibiéronle con las herraduras y con los dientes de tal manera, que á poco espacio se le rompieron las cinchas y quedó sin silla en pelota; pero lo que él debió más de sentir fué, que viendo los arrieros la fuerza que á sus yeguas se les hacía, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que le derri- baron malparado en el suelo. Ya en esto Don Qui- jote y Sancho, que la paliza de Rocinante habían visto, llegaban jadeando, y dijo Don Quijote á Sancho: A lo que yo veo, amigo Sancho, estos no son caballeros, sino gente soez y de baja ralea; dígolo porque bien me puedes ayudar á tomar la debida venganza del agravio que delante de nues- tros ojos se le ha hecho á Rocinante. ¿Qué diablos de venganza hemos de tomar, respondió Sancho, si estos son mas de veinte, y nosotros no más de dos, y aun quizá nosotros sino uno y medio? Yo valgo por ciento, replicó Don Quijote. Y sin ha-
AVENTURAS Y DESVENTURAS 23
cer más discursos, echó mano á su espada y arre- metió á los yangüeses, y lo .mismo hizo Sancho Panza incitado y movido del ejemplo de su amo; y á las primeras, dio Don Quijote una cuchillada á uno, que le abrió un sayo de cuero de que ve- nía vestido, con gran parte de la espalda. Los yan- güeses, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres solos, siendo ellos tantos, acudieron á sus estacas, y cogiendo á los dos en medio, co- menzaron á menudear sobre ellos con grande ahin- co y vehemencia. Verdad es, que al segundo to- que dieron con Sancho en el suelo, y lo mismo le avino á Don Quijote, sin que le valiera su destre- za y buen ánimo; y quiso su ventura que viniese á caer á los pies de Rocinante, que aún no se ha- bía levantado; donde se echa de ver la furia con que machacan estacas puestas en manos rústicas y enojadas. Viendo, pues, los yangüeses el mal recado que habían hecho, con la mayor presteza que pudieron cargaron su recua y siguieron su ca- mino, dejando á los dos aventureros de mala traza y de peor talante. El primero que se resintió fué Sancho Panza, y hallándose junto á su señor, con voz enferma y lastimada, dijo: Señor Don Quijo- te, ¡ah, señor Don Quijote! ¿Qué quieres, Sancho hermano.^ respondió Don Quijote con el mismo
24 AVENTURAS Y DESVENTURAS
tono afeminado y doliente que Sancho. Querría, si fuese posible, respondió Sancho Panza, que vuestra merced me diese dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es que la tiene vuestra mer- ced ahí á mano; quizá será de provecho para los quebrantamientos de huesos como lo es para las feridas. Pues á tenerla yo aquí, desgraciado yo, ^qué nos faltaba?, respondió Don Quijote; mas yo te juro, Sancho Panza, á fe de caballero andante, que antes que pasen dos días, si la fortuna no or- dena otra cosa, la tengo de tener en mi poder, ó mal me han de andar las manos. ¿Pues en cuántos le parece á vuestra merced que podremos mover los pies?, replicó Sancho Panza.
Yo le juro, á fe de pobre hombre, que más es- toy para bizmas que para pláticas. Mire vuestra merced si se puede levantar, y ayudaremos á Ro- cinante, aunque no lo merece, porque él fué la causa principal de todo este molimiento; jamás tal creí de Rocinante, que le tenía por persona casta y tan pacífica como yo. En fin, bien dicen que es menester mucho tiempo para venir á cono cer las personas, y que no hay cosa segura en esta vida. ¿Quién dijera que tras de aquellas tan gran- des cuchilladas como vuestra merced dio á aquel
AVENTURAS Y DESVENTURAS 25
desdichado caballero andante, había de venir por la posta, y en seguimiento suyo esta tan grande tempestad de palos que han descargado sobre nues- tras espaldas? Aun las tuyas, Sancho, replicó Don Quijote, deben de estar hechas á semejantes nu- blados; pero las mías, criadas ente sinabafas y ho- landas, claro está que sentirán más el dolor desta desgracia; y si no fuese porque imagino, ¿qué digo imagino?, sé muy cierto que todas estas incomo- didades son muy anejas al ejercicio de las armas, aquí me dejaría morir de puro enojo. A esto re- plicó el escudero: Señor ya que estas desgracias son de la cosecha de la caballería, dígame vuestra merced si suceden muy á menudo, ó si tienen sus tiempos limitados en que acaecen, porque me pa- rece á mí que á dos cosechas quedaremos inútiles para la tercera, si Dios por su infinita misericor- dia no nos socorre.
Quiero hacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con los instrumentos que acaso se hallan en las manos, y esto está en la ley del duelo escrito por palabras expresas; que si el zapatero da á otro con la horma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no por eso se dirá que queda apaleado aquel á quien dio con ella. Digo esto, porque no pienses
26 AVENTURAS Y DESVENTURAS
que puesto que quedamos desta pendencia mo- lidos, quedamos afrentados, porque las armas que aquellos hombres traían, con que nos machacaron» no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, á lo que se me acuerda, tenía estoque, espada ni puñal. No me dieron á mí lugar, respondió Sancho, á que mirase en tanto, porque apenas puse mano en mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con sus pinos, de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los pies, dando conmigo donde ahora yazgo, y á donde no me da pena alguna el pensar si fué afrenta ó no lo de los es- tacazos, como me la da el dolor de los golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en las espaldas. Con todo eso te hago saber, hermano Panza, replicó don Quijote, que no hay memoria á quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma. ¿Pues qué mayor desdicha puede ser, replicó Panza, de aquella que aguarda al tiempo que la consuma, y á la muerte que la acabe? Si esta nuestra desgracia fuera de aquellas que con un par de bizmas se curan, aun no tan malo; pero voy viendo que no han de bastar todos los emplastos de un hospital para ponerlas en buen termino siquiera. Déjate desto, y saca fuerzas de flaqueza, Sancho, respondió don Quijote,
AVENTURAS Y DESVENTURAS 1^
que así haré yo; y veamos cómo está Rocinante, que á lo que me parece, no le ha cabido al pobre la menor parte desta desgracia. No hay que ma- ravillarse deso, respondió Sancho, siendo él tam- bién caballero andante; de lo que yo me maravillo es de que mi jumento haya quedado libre, y sin costas, donde nosotros salimos sin costillas. Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas para dar remedio á ellas, dijo don Quijote; dígolo, porque esa bestezuela podrá suplir ahora la falta de Rocinante, llevándome á mí desde aquí á algún castillo, donde sea curado de mis feridas. Y más, que no tendré á deshonra la tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejo Sileno, ayo y pedagogo del alegre dios de la risa, cuando entró en la ciudad de las cien puertas, iba muy á su placer caballero sobre uu muy hermoso asno. Verdad será que él debía de ir caballero como vuestra merced dice, respondió Sancho; pero hay gran diferencia de ir caballero al ir atravesado como costal de basura- A lo cual, respondió don Quijote: Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan; así que, Panza, amigo, no me repliques más, sino, como ya te he dicho, levántate lo mejor que pudieres, y ponme de la manera que más te
28 AVENTURAS Y DESVENTURAS
agrade encima de tu jumento, y vamos de aquí antes que la noche venga, y nos saltee en este despoblado. Pues yo he oído decir á vuestra merced, dijo Panza, que es muy de caballeros an- dantes el dormir en los páramos y desiertos lo más del año, y que lo tienen á mucha ventura. Eso es, dijo don Quijote, cuando no pueden más ó cuando están enamorados; pero dejemos ya esto, Sancho, y acaba antes que suceda otra des- gracia al jumento como á Rocinante, Aun ahí sería el diablo, dijo Sancho, y despidiendo treinta ayes y sesenta suspiros, y ciento veinte pésetes y y reniegos de quien allí le había traído, se levantó quedándose agobiado en la mitad del camino como arco turquesco sin poder acabar de en- derezarse; y con todo este trabajo aparejó su asno, que también había andado algo distraído con la demasiada libertad de aquel día; levantó luego á Rocinante, el cual, si tuviera lengua con que que- jarse, á buen seguro que Sancho ni su amo no le fueran en zaga. En resolución, Sancho acomodó á don Quijote sobre el asno, y puso de reata á Ro- cinante, y llevando al asno del cabestro, se en- caminó poco más ó menos hacia donde le pareció que podía estar el camino real, y la suerte, que sus cosas de bien en mejor iba guiando, aun no
AVENTURAS Y DESVENTURAS 29
hubo andado una pequeña legua, cuando le deparó el camino, en el cual descubrió una venta, que á pesar suyo y gusto de don Quijote, había de ser castillo. Porfiaba Sancho que era venta, y su amo que no, sino castillo, y tanto duró la porfía, que tuvieron lugar sin acabarla de llegar á ella, en la cual Sancho se entró sin más averiguación con toda su recua.
Desventuras en la venta.
Maritornes estaba congojadísima y trasudando de verse tan asida de Don Quijote, y sin entender ni estar atenta á las razones que le decía, procu- raba, sin hablar palabra, desasirse. El bueno del arriero, á quien tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su coima por la puerta, la sintió, y estuvo atentamente escuchando todo lo que Don Quijote decía, y celoso de que la as- turiana le hubiese faltado á la palabra por otro, se fué llegando más al lecho de Don Quijote, y es- túvose quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones que él no podía entender; pero como vio que la moza forcejeaba por desasirse, y Don Qui- jote trabajaba por tenerla, pareciéndole mal la burla, enarboló el brazo en alto y descargó tan te-
30 AVKKTURAS Y DESVENTURAS
rrible puñada sobre las estrechas quijadas del ena- morado caballero, que le bañó toda la boca en sangre, y no contento con esto se le subió encima de las costillas, y con los pies más que de trote se las paseó todas de cabo á rabo. El lecho, que era un poco endeble y no de firmes fundamentos, no pudiendo sufrir la añadidura del arriero, dio consigo en el suelo, á cuyo gran ruido despertó el ventero, y luego imaginó que debían de ser pen- dencias de Maritornes, porque habiéndola llama- do á voces, no respondía. Con esta sospecha se levantó y encendiendo un candil, se fué hacia don- de había sentido la pelea. La moza viendo que su amo venía, y que era de condición terrible, toda medrosica y alborotada, se acogió á la cama de Sancho Panza, que aún dormía, y allí se acurrucó y se hizo un ovillo. El ventero entró diciendo: ¿A dónde estás, puta? A buen seguro que son tus cosas éstas. En esto despertó Sancho, y sintiendo aquel bulto casi encima de sí, pensó que tenía la pesadilla y comenzó á dar puñadas á una y otra parte, y entre otras alcanzó con no sé cuántas á Maritornes, la cual sentida del dclor, echando á rodar la honestidad, dio el retorno á Sancho con tantas, que á su despecho le quitó el sueño; el cual, viéndose tratar de aquella manera y sin sa-
AVENTURAS Y DESVENTURAS 3 1
ber de quién, alzándose como pudo, se abrazó con Maritornes, y comenzaron entre los dos la más reñida y graciosa escaramuza del mundo. Viendo, pues, el arriero á la lumbre del candil del vente- ro, cual andaba su dama, dejando á Don Quijote, acudió á dalle el socorro necesario; lo mismo hizo el ventero, pero con intención diferente, porque fué á castigar á la moza, creyendo sin duda, qne ella sola era la ocasión de toda aquella armonía. Y así, como suele decirse, el gato al rato, el rato á la cuerda, la cuerda al palo, daba el arriero á Sancho, Sancho á la moza, la moza á él, el ven- tero á la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban punto de reposo; y fué lo bueno que al ventero se le apagó el candil, y como quedaron á obscuras, dábanse tan sin compasión todos á bulto, que á doquiera que ponían la mano, no dejaban cosa sana. Alojaba acaso aquella no- che en la venta, un cuadrillero de los que llaman de la Santa Hermandad vieja de Toledo, el cual, oyendo asimismo el extraño estruendo de la pe- lea, asió de su media vara y de la caja de lata de sus títulos, y entró á obscuras en el aposento di- ciendo: Ténganse á la justicia, ténganse á la San- ta Hermandad, y el primero con quien topó, fué con el apuñeado de Don Quijote, que estaba en
3 2 AVENTURAS Y DESVENTURAS
SU derribado lecho, tendido boca arriba sin senti- do alguno, y echándole á tiento mano á las bar- bas, no cesaba de decir: Favor á la justicia; pero viendo que el que tenía asido no se bullía ni me- neaba, se dio á entender que estaba muerto, y qué los que allí dentro estaban eran sus matado- res, y con esta sospecha reforzó la voz, diciendo: Ciérrese la puerta de la venta, miren no se vaya nadie, que han muerto aquí á un hombre. Esta voz sobresaltó á todos, y cada cual dejó la pen- dencia en el grado que le tomó la voz. Retiróse el ventero á su aposento, el arriero á sus enjal- mas, la moza á su rancho; solos los dos desventu- rados Don Quijote y Sancho no se pudieron mo- ver de donde estaban.
Había ya vuelto en este tiempo de su paroxis- mo Don Quijote, y con el mismo tono de voz con que el día antes había llamado á su escudero, cuando estaba tendido en el val de las estacas, le comenzó á llamar diciendo: Sancho amigo, ¿duer- mes? ¿Duermes, amigo Sancho? ¡Qué tengo de dormir, pesia á mí!, respondió Sancho, lleno de pesadumbre y de despecho; que no parece sino que todos los diablos han andado conmigo esta
AVENTURAS Y DESVENTURAS 33
noche. Puédeslo creer así, sin duda, respondió Don Quijote, porque ó yo sé poco, ó este casti- llo es encantado.
Levántate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide desta fortaleza, y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero, para hacer el salutí- fero bálsamo que en verdad que creo que lo he bien de menester ahora, porque se va mucha san- gre de la herida que esta fantasma me ha dado. Levantóse Sancho con harto dolor de sus huesos, y fué á obscuras donde estaba el ventero .
El ventero le proveyó de cuanto quiso, y San- cho se lo llevó á Don Quijote, que estaba con las manos en la cabeza, quejándose del dolor del can- dilazo, que no le había hecho más mal que levan- tarle dos chichones algo crecidos, y lo que él pen- saba que era sangre, no era sino sudor que sudaba con la congoja de la pasada tormenta. En resolu- ción, él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto, mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció que estaba en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo, y como no hubo en la venta, se resolvió de pone- lio en una alcuza ó aceitera de hoja de lata, de quien el ventero hizo grata donación; y luego dijo sobre la alcuza más de ochenta Pater-nosters y
3
34 AV5ÍMTÜRA3 y DESVENTURA?
otras tantas Ave-Marías, Salves y Credos, y á cada palabra acompañaba una cruz á modo de bendición; á todo lo cual se hallaron presentes Sancho, el ventero y cuadrillero, que ya el arriero sosegadamente andaba entendiendo en el beneficio de sus machos. Hecho esto, quiso él mismo hacer luego la experiencia de la virtud de aquel precioso bálsamo que él se imaginaba, y así se bebió, de lo que no pudo caber en la alcuza y quedaba en la olla donde se había cocido, casi media azumbre, y apenas lo acabó de beber cuando comenzó á vo- mitar de manera que no le quedó cosa en el estó- mago, y con las ansias y agitación del vómito le dio un sudor copiosísimo, por lo cual, mandó que le arropasen y le dejasen solo, Hiciéronlo así, y quedóse dormido más de tres horas, al cabo de las cuales despertó y se sintió aliviadísimo del cuerpo, y en tal manera mejor de su quebranta- miento, que se tuvo por sano, y verdaderamente creyó que había acertado con el bálsamo de Fie- rabrás, y que con aquel remedio, podía acometer desde allí adelante sin temor alguno cualesquiera riñas, batallas y pendencias por peligrosas que fuesen. Sancho Panza, que también tuvo á milagro la mejoría de su amo, le rogó que le diese á él lo que quedaba en la o}la, que no era poca canti-
AVENTURAS Y PMVSNTülUa 35
dad. Concedíóselo Don Quijote, y él tamáiiíií?la á dos manos, con buena fe y mejor talante, se la echó á pechos, y envasó bien poco menos que su amo. Es, pues, el caso, que el estómago del pobre Sancho no debía de ser tan delicado como el de su amo, y así primero que vomitase le dieron tantas ansias y bascas, con tantos trasudores y desma- yos, que él pensó bien y verdaderamente que era llegada su última hora; y viéndose tan afligido y congojado, maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado. Viéndole así Don Quijote, le dijo: Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero; porque tengo para mí, que este licor no debe de aprovechar á los que no lo son. Si eso sabía vuestra merced, replicó San- cho, mal haya yo y toda mi parentela, ¿para qué consintió que lo gustase? En esto hizo su opera- ción el brebaje, y comenzó el pobre escudero á desaguarse por entrambas canales con tanta prie- sa, que la estera de enea sobre quien se había vuelto á echar, ni la manta de anjeo con que se cubría, fueron más de provecho; sudaba y trasu- daba con tales parasismos y accidentes, que no solamente él, sino todos pensaban que se le aca- baba la vida. Duróle esta borrasca y malandanza casi dos horas, al cabo de las cuales no quedó
36 AVENTURAS Y DESVENTURAS
como SU amo, sino tan molido y quebrantado, que no se podía tener.
Manteamiento de Sancho.
Ya que estuvieron los dos á caballo, puesto á la puerta de la venta llamó al ventero, y con voz muy reposada y grave, le dijo: Muchas y muy grandes son las mercedes, señor alcaide, que en este vuestro castillo he recibido, y quedo obliga- dísimo á agradecéroslas todos los días de mi vida. Si os las puedo pagar en haceros vengado de al- gún soberbio que os haya fecho algún agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer á los que poco pueden, y vengar á los que reciben tuertos, y castigar alevosías.
El ventero le respondió con el mismo sosiego; Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue ningún agravio, por- que yo sé tomar la venganza que me parece, cuan- do se me hacen; sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como de la cena y camas.
Vois sois un sandio y mal hostelero, respondió
AVENTURAS Y DESVENTURAS 37
Don Quijote. Y poniendo piernas á Rocinante y terciando su lanzón, se salió de la venta sin que nadie le detuviese; y él sin mirar si le seguía su escudero, se alongó un buen trecho. El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió á cobrar de Sancho Panza, el cual, dijo que pues su señor no había querido pagar, que tampoco él pagaría, porque siendo él escudero de caballero andante, como era, la mesma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar cosa alguna en los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ven- tero, y amenazóle que si no le pagaba, que le co- braría de modo que le pesase. A lo cual Sancho respondió, que por la ley de caballería que su amo había recibido, no pagaría un solo cornado aun- que le costase la vida, porque no había de perder por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se habían de quejar del los escuderos de los tales que estaban por venir al mundo, repro- chándole el quebrantamiento de tan justo fuero . Quiso la mala suerte del desdichado Sancho, que entre la gente que estaba en la venta se ha- llasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de Córdoba y dos vecinos de la heria de Sevilla, gente alegre, bien intencionada, ma- leante y juguetona, los cuales, casi coráo instiga-
38 AVENTURAS Y DESVENTURAS
dos y movidos de un mismo espíritu, se llegaron á Sancho, y apeándole del asno, uno dellos en- tró por la manta de la cama del huésped, y echán- dole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habían menester para su obra, y determinaron salirse al corral que tenía por límite el cielo, y puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron á levantarle en alto, y á holgarse con él como con perro por carnestolendas. Las voces que el- mísero manteado daba fueron tantas, que llegaron á los oídos de su amo, el cual, deteniéndose á escuchar atentamente, creyó que alguna nueva aventura le venía, hasta que claramente conoció que el que gritaba era su es- cudero; y volviendo las riendas, con un penado galope llegó á la venta, y hallándola cerrada, la rodeó por ver si hallaba por donde entrar; pero no hubo llegado á las paredes del corral, que no eran muy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía á su escudero. Viole bajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza, que si la cólera le dejara, tengo para mí que se riera. Probó á subir desde el caballo á las bardas, pero estaba tan molido y quebrantado, que aun apearse no pudo, y así, desde encima del caballo, comenzó á decir tantos denuestos y baldones á los que á
AVENTURAS Y DESVENTURAS 39
Sancho manteaban, que no es posible acertar á escribillos; mas no por esto cesaban ellos de su risa y de su obra, ni el volador Sancho dejaba sus quejas, mezcladas ya con amenazas, ya con rue- dos; mas todo aprovechaba poco, ni aprovechó hasta que de puro cansados le dejaron. Trujáronle allí su asno, y subiéndole encima le arroparon con su gabán, y la compasiva de Maritornes, viéndole tan fatigado, le pareció ser bien socorrelle con un jarro de agua, y así se le trujo del pozo para ser más fría. Tomóle Sancho, y llevándole á la boca se paró á las voces que su amo le daba, diciendo: Hijo Sancho, no bebas agua, hijo, no la bebas, "que te matará; ves, aquí tengo el santísimo bál- samo (y enseñábale la alcuza del brebaje), que con dos gotas que del bebas sanarás sin duda. A estas voces volvió Sancho los ojos como de través, y dijo con otras mayores: ¿Por dicha básele olvida- do á vuestra merced como yo no soy caballero, ó quiere que acabe de vomitar las entrañas que me quedaron de anoche? Guárdese su licor con todos los diablos, y déjeme á mí; y el acabar de decir esto y el comenzar á beber todo fué uno; mas como al primer trago vio que era agua, no quiso pasar adelante y rogó á Maritornes que se lo trú- jese de vino, y así lo hizo ella de muy buena vo-
40 MALICIAS Y AGUDEZAS
luntad, y lo pagó de su mismo dinero, porque en efecto, se dice della, que aunque estaba en aque' trato, tenía unas sombras y lejos de cristiana. Así como bebió Sancho, dio de los carcaños á su asno, y abriéndole la puerta de la venta de par en par, se salió della muy contento de no haber pagado nada y de haber salido con su intención, aunque había sido á costa de sus acostumbrados fiadores, que eran sus espaldas. Verdad es que el ventero se quedó con sus alforjas en pago de lo que se le debía, mas Sancho no las echó menos según salió turbado.
Malicias y agudezas de Sancho Panza.
CÓMO ENCANTÓ Á DULCINEA
Así como Don Quijote se emboscó en la flo- resta, encinar ó selva junto al gran Toboso, mandó á Sancho volver á la ciudad y que no vol- viese á su presencia sin haber primero hablado de su parte á su señora, pidiéndola fuese servida de dejarse ver de su cautivo caballero y se dignase de echarle su bendición para que pudiese esperar por ella felicísimos sucesos de todos sus aconte- cimientos y dificultosas empresas. Encargóse
MALICIAS Y AGUDEZAS 4I
Sancho de hacerlo así como se le mandaba y de traerle tan buena respuesta como le trujo la vez primera. Anda, hijo, replicó Don Quijote, y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de her- mosura que vas á buscar. Ve, amigo, y guíete otra mejor ventura que la mía y vuélvate otro me- jor suceso del que yo quedo temiendo y esperan- do en esta amarga soledad en que me dejas. Yo iré y volveré presto, dijo Sancho, y ensanche vuesa merced, señor mío, ese coranzoncillo, que le debe tener ahora no mayor que una avellana, y considere que se suele decir que buen corazón quebranta mala ventura, y que donde no hay to- cinos no hay estacas, y también se dice: donde no se piensa salta la liebre; dígolo, porque si esta noche no hallamos los palacios ó alcázares de mi señora, ahora que es de día los pienso hallar cuan- do menos lo piense, y hallados déjenme á mí con ella. Por cierto, Sancho, dijo Don Quijote, que siempre traes tus refranes tan á pelo de lo que tratamos, cuanto me dé Dios mejor ventura en lo que deseo. Esto dicho, volvió Sancho las espal- das y vareó su rucio, y Don Quijote se quedó á caballo descansando sobre los estribos y sobre el arrimo de su lanza lleno de tristes y confusas imaginaciones, donde le dejaremos yéndonos con
42 MALICIAS Y AGUDEZAS
Sancho Panza, que no menos confuso y pensativo se apartó de su señor, que él quedaba, y tanto, que apenas hubo salido del bosque, cuando vol- viendo la cabeza y viendo que Don Quijote no parecía, se apeó del jumento, y sentándose al pie de un árbol, comenzó á hablar consigo mismo y á decirse: Sepamos ahora, Sancho hermano, adonde va vuesa merced. ¿Va á buscar algún ju- mento que se le haya perdido? No, por cierto. Pues, ¿qué va á buscar? Voy á buscar, como quien no dice nada, á una princesa, y en ella al sol de la hermosura y á todo el cielo junto. Y ¿adonde pensáis hallar eso que decís, Sancho? ¿Adonde? En la gran ciudad del Toboso. Y bien; ¿y de parte de quién la vais á buscar? De parte del famoso caballero Don Quijote de la Mancha, que desface los tuertos y da de comer al que ha sed y de beber al que ha hambre. Todo eso está muy bien. Y ¿sabéis su casa, Sancho? Mi amo dice que han de ser unos reales palacios ó unos soberbios al- cázares. ¿Y habéisla visto algún díu por ventura? Ni yo ni mi amo la hemos visto jamás. Y ¿pare- ceos que fuera acertado y bien hecho que si los del Toboso supiesen que estáis vos aquí con in- tención de ir á sonsacarles sus princesas y á des- asosegarles sus damas viniesen y os moliesen las
MALICIAS Y AGUDEZAS 43
costillas á puros palos y no os dejasen hueso sano? En verdad que tendrían mucha razón cuan- do no considerasen que soy mandado y que «mensajero sois, amigo, no merecéis culpa, non.»
No os fiéis en eso, Sancho, porque la gente manchega es tan colérica como honrada, y no consienten cosquillas de nadie. ¡Vive Dios, que si os huele, que os mando mala ventural ¡Oxte, puto! alia darás, rayo; no sino ándeme yo bus- cando tres pies al gato por el gusto ajeno, y más que así será buscar á Dulcinea por el Toboso como á Marica por Rávena, ó al bachiller en Sa- lamanca: el diablo, el diablo me ha metido á mí en esto, que otro no.
Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo que sacó del fué que volvió á decirse: Ahora bien; todas las cosas tienen remedio si no es la muer- te, debajo de cuyo yugo hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida. Este mi amo, por mil señales, he visto que es un loco de atar, y aun también yo no le quedo en zaga, pues soy más mentecato que él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero el refrán que dice: Dime con quién andas, decirte he quién eres, y el otro de no con quien naces, sino con quien paces. Siendo, pues, loco, como lo es, y de locura que las más veces
44 MALICIAS Y AGUDEZAS
toma unas cosas por otras, y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco, como se pareció cuando dijo que los molinos de viento eran gigan- tes, y las muías de los religiosos dromedarios y las manadas de carneros ejércitos de enemigos, y otras muchas cosas á este tono, no será muy di- fícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es la señora Dulcinea; y cuando él no lo crea juraré yo; y si él jurare, tor- naré yo á jurar; y si porfiare, porfiaré yo más, y de manera que tengo de tener la mía siempre sobre el hito, venga lo que viniere; quizá con esta porfía acabaré con él que no me envíe otra vez á seme- jantes mensajerías viendo cuan mal recado le traigo dellas; ó quizá pensará, como yo imagino, que algún mal encantador destos que él dice que le quieren mal, la habrá mudado la figura para hacerle mal y daño. Con esto que pensó Sancho Panza quedó sosegado su espíritu, y tuvo por bien acabado su negocio, y detúvose allí hasta la tarde para dar lugar á que Don Quijote pensase que le había tenido para ir y volver del Toboso; y suce- dióle todo tan bien, que cuando se levantó para subir en el rucio vio que del Toboso hacia donde él estaba venían tres labradoras sobre tres polli- nos ó pollinas, que el autor no lo declara, aunque
MALICIAS y AGUDEZAS 45
más se puede creer que eran borricas, por ser or- dinaria caballería de las aldeanas; pero como no va mucho en esto, no hay para qué detenernos en averiguarlo. En resolución, así como Sancho vio á las labradoras, á paso tirado volvió á buscar á su señor Don Quijote, y hallóle suspirando y di- ciendo mil amorosas lamentaciones. Como Don Quijote le vio, le dijo: ¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar este día con piedra blanca, ó con negra? Mejor será, respondió Sancho, que vuesa .merced le señale con almagre, como rétulos de cátedras, porque le echen bien de ver los que le vieren.
Dése modo, replicó Don Quijote, buenas nue- vas traes. Tan buenas, respondió Sancho, que no tiene más que hacer vuesa merced sino picar á Rocinante y salir á lo raso á ver á la señora Dul- cinea del Toboso, que con otras dos doncellas suyas vienen á ver á vuesa merced. ¡Santo Dios! ¿qué es lo que dices, Sancho amigo?, dijo Don Quijote. Mira no me engañes, ni quieras con fal- sas alegrías alegrar mis verdaderas tristezas. ¿Qué sacaría yo de engañar á vuesa merced, respondió Sancho, y más estando tan cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor, y venga y verá venir á la princesa, nuestra ama, vestida y adornada, en fin,
46 ¡VULICIA8 y AGUDB2A9
como quien ella es. Sus doncellas y ella todas son una ascua de oro, todas mazorcas de perlas, todas, son diamantes, todas rubíes, todas telas de broca- dos de más de diez altos; los cabellos sueltos por las espaldas, que son otros tantos rayos del so^ que andan jugando con el viento; y sobre todo^ vienen á caballo sobre tres cananeas remendadas^ que no hay más que ver. Hacaneas querrás decir, Sancho. Poca diferencia hay, respondió Sancho, de cananeas á hacaneas; pero vengan sobre lo que vinieren, ellas vienen las más galanas señoras que se puedan desear, especialmente la princesa Dulcinea, mi señora, que pasma los sentidos. Vamos, Sancho, hijo, respondió Don Quijote, en albricias destas tan no esperadas como buenas "nuevas, te mando el mejor despojo que ganare en la primera aventura que tuviere, y si esto no te contenta, te mando las crías que este año me dieran las tres yeguas mías, que tú sabes que andan para parir en el prado concejil de nuestro pueblo. A las crías me atengo, respondió Sancho, porque de ser buenos los despojos de la primera aventura no está muy cierto. Ya en esto salieron de la selva y descubrieron cerca á las tres aldea- nas. Tendió Don Quijote los ojos por todo el ca- mino del Toboso, y como no viÓ sino á las tres^
WAUCIAS yAOUJ55ZA9 Al
labradoras, turbóse todo, y preguntó á Sancho si las había dejado fuera de la ciudad. ^Cómo fuera de la ciudad?, respondió; ¿por ventura tiene vuesa merced los ojos en el colodrillo, que no ve que son éstas que aquí vienen, resplandecientes como el sol á medio día?
Yo no veo, Sancho, dijo Don Quijote, sino á tres labradoras sobre tres borricos. Ahora me libre Dios del diablo, respondió Sancho, ¿y es po- sible que tres hacaneas, ó como se llamen, blan- cas como el ampo de la nieve, le aparezcan á vuestra merced borricos? Vive el señor, que me pele estas barbas si tal fuese verdad. Pues yo te digo, Sancho amigo, que es tan verdad que son borricos ó borricas, como yo soy Don Quijote y tú Sancho Panza; á lo menos, á mí tales me pare- cen. Calle, señor, dijo Sancho; no diga la tal pala- bra, sino despabile sus ojos, y venga á hacer re- verencia á la señora de sus pensamientos, que ya llega cerca; y diciendo esto se adelantó á recibir á las tres aldeanas, y apeándose del rucio tuvo del cabestro al jumento de una de las tres labra- doras, é hincando ambas rodillas en el suelo, dijo: Reina y princesa y duquesa de la hermosura, vuestra altivez y grandeza sea servi la de recibir en su gracia y buen talante al cautivo caballero
48 MALICIAS y AGUDEZAS
vuestro, que allí está hecho piedra mármol, todo turbado y sin pulso de verse ante vuesa magnífica presencia. Yo soy Sancho Panza, su escudero, y él es el asendereado caballero de la Triste Figu- ra. A esta sazón ya se había puesto Don Quijote de hinojos junto á Sancho, y miraba con ojos des- encajados y vista turbada á la que Sancho llama- ba reina y señora; y como no descubriese en ella sino una moza aldeana y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los labios. Las la- bradoras estaban asimismo atónitas viendo aque- llos dos hombres tan diferentes, hincados de ro- dillas, que no dejaban pasar adelante á su compa- ñera; pero rompiendo el silencio la detenida, toda desgraciada y mohina, dijo: Apártense, ñora en tal, del camino, y déjennos pasar que vamos de priesa. A lo que respondió Sancho: ¡Oh princesa y señora universal del Toboso! ¿Cómo vuestro magnánimo corazón no se enternece Adiendo arro- dillado ante vuestra sublimada presencia á la co- lumna y sustento de la andante caballería? Oyen- do lo cual, otra de las dos dijo: Mas yo, que te estregó, burra de mi suegro, mirad con qué se vienen los señoritos ahora á hacer burla de las aldeanas, como si aquí no supiésemos echar pullas
1
RÍALIQAS V AGUDEZAS 49
como ellos; vayan su camino y déjennos hacer el nueso, y serles ha sano. Levántate, Sancho, dijo á este punto Don Quijote, que ya veo que la for- tuna, de mi mal no harta, tiene tomados los ca- minos todos por donde pueda venir algún conten- to á esta ánima mezquina que tengo en las car- nes. Toma que mi abuelo, respondió la aldeana, amiguita soy yo de oir resquebrajos. Apártense y déjenme ir, y agradecérselo hemos. Apartóse Sancho y dejóla ir, contentísimo de haber salido bien de su enredo. Apenas se vio libre la aldeana que había hecho la figura de Dulcinea, cuando pi- cando á su cananea con un aguijón que en un palo traía, dio á correr por el prado adelante; y como la borrica sentía la punta del aguijón, que le fatigaba más de lo ordinario, comenzó á dar corcovos, de manera que dio con la señora Dul- cinea en tierra, lo cual visto por Don Quijote acudió á levantarla, y Sancho á componer y cin- char el albarda, que también vino á la barriga de la pollina. Acomodada, pues, la albarda, y que- riendo Don Quijote levantar á su encantadora se- ñora en los brazos sobre la jumenta, la señora, levantándose del suelo, le quitó de aquel trabajo, porque haciéndose algún tanto atrás tomó una co- rridica, y puestas ambas manos sobre las ancas
5© MALICIAS Y AGUDEZAS
de la pollina, dio con su cuerpo, más ligero que un halcón, sobre la albarda, y quedó á horcajadas como si fuera hombre, y entonces dijo Sancho: Vive Roque, que es la señora nuestra ama más li- gera que un alcotán, y que puede enseñar á subir á la jineta al más diestro cordobés ó mejicano: el arzón trasero de la silla pasó de un salto, y sin espuelas hace correr la hacanea como una cebra, y no le van en zaga sus doncellas, que todas co- rren como el viento, y así era verdad, porque en viéndose á caballo Dulcinea, todas picaron tras ella y dispararon á correr, sin volver la cabeza atrás por espacio de más de media legua. Siguió- las Don Quijote con la vista, y cuando vio que no parecían, volviéndose á Sancho le dijo: Sancho, ¿qué te parece? ¡Cuan malquisto soy de encanta- dores!
jOh, canalla!, gritó á esta sazón Sancho; ¡oh, encantadores aciagos y mal intencionados, y quién os viera á todos ensartados por las agallas, como sardinas en lercha! Mucho sabéis, mucho podéis y mucho mal hacéis. Bastaros debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi señora en agallas alcornoqueñas, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de buey bermejo, y finalmente todas sus facciones de buenas en
MALiaAS Y AGUDEZAS $1
malcis, sin que le tocárades en el olor, que por él siquiera sacáramos lo que estaba encubierto de- bajo de aquella fea corteza, aunque, para decir verdad, nunca yo vi su fealdad, sino su hermo- rura, á la cual subía de punto y quilates un lunar que tenía sobre el labio derecho, á manera de bigote, con siete ú ocho cabellos rubios como hebras de oro, y largos de más de un palmo, A este lunar, dijo Don Quijote, según la corres- pondencia que tienen entre sí los del rostro con los del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la tabla del muslo que corresponde al lado de donde tiene el del rostro; pero muy luengos para lunares son pelos de la grandeza que has significado. Pues yo sé decir á vuesa merced, respondió Sancho, que le parecían allí como nacidos. Yo lo creo, amigo, replicó Don Quijote, porque ninguna cosa puso la Naturaleza en Dulcinea que no fuese perfecta y bien acabada; y así, si tuviera cien lu- nares como el que dices, en ella no fueran lunares, sino lunas y estrellas resplandecientes, Pero dime, Sancho, aquella que á mí me pareció albarda, que tú aderezaste, ¿era silla rasa, ó sillón,'' No era, respondió Sancho, sino silla á la jineta, con una cubierta de campo que vale la mitad de un reino, según es de rica. ¡Y que no viese yo todo eso,
52 MALICIAS Y AGUDEZAS
Sancho!, dijo Don Quijote; ahora torno á decir y diré "mil veces que soy el más desdichado de los hombres. Harto tenía que hacer el socarrón de Sancho en disimular la risa, oyendo las san- deces de su amo, tan delicadamente engañado.
Sancho Panza en casa de los Duques.
Sucedió, pues, que otro día, al poner del sol y al salir de una selva, tendió Don Quijote la vista por un verde prado, y en lo último del vio gente, y llegándose cerca, conoció que eran cazadores de altanería. Llegóse más, y entre ellos vio una gallarda señora sobre un palafrén ó hacanea blan. quísima, adornada de guarniciones verdes y con su sillón de plata. Venía la señora asimismo ves- tida de verde, tan bizarra y ricamente, que la misma bizarría venía transformada en ella. En la mano izquierda traía un azor, señal que dio á en- tender á Don Quijote ser aquélla una gran señora que debía serlo de todos aquellos cazadores, como era la verdad; y así, dijo á Sancho: corre, hijo Sancho, y di á aquella señora del palafrén y del azor, que yo, el Caballero de los Leones, beso las manos á su gran fermosura; y que si su grandeza me da licencia, se las iré á besar, y á servirla en
MALICIAS Y AGUDEZAS 53
cuanto mis fuerzas pudieren y su alteza me man- dare; y mira, Sancho, cómo hablas, y ten en cuenta de no encajar ningún refrán de los tuyos en tu embajada.
Hallado os le habéis el encajador, respondió Sancho; ¡á mí con eso! sí, que no es esta la vez primera que he llevado embajadas á altas y cre- cidas señoras en esta vida. Si no fué la que lle- vaste á la señora Dulcinea, replicó Don Quijote, yo no sé que hayas llevado otra, á lo menos en mi poder. Así es verdad, respondió Sancho; pero al buen pagador no le duelen prendas y en casa llena, presto se guisa la cena; quiero decir que á mí no hay que decirme ni advertirme de nada, que para todo tengo y de todo se me alcanza un poco. Yo lo creo, Sancho, dijo Don Quijote; ve en buen hora, y Dios te guíe. Partió Sancho de carrera, sacando de su paso al rucio, y llegó donde la bella cazadora estaba, y apeándose, puesto ante ella de hinojos, le dijo: Hermosa señora, aquel caballero que allí se parece, llamado el Caballero de los Leones^ es mi amo, y yo soy un escudero suyo, á quien llaman en su casa Sancho Panza; este tal Caballero de los Leones^ que no ha mucho se llamaba el de la Triste Figura^ envía por mí á decir á vuestra grandeza
54 MALICIAS Y AGUDEZAS
sea servida de darle licencia para que con su pro- pósito y beneplácito y consentimiento, él venga á poner en obra su deseo, que no es otro, según él dice y yo pienso, que de servir á vuestra encum- brada altanería y fermosura; que en dársela vues- tra señoría hará cosa que redunde en su pro, y él recibirá señaladísima merced y contento. Por cierto, buen escudero, respondió la señora, vos habéis dado la embajada vuestra con todas aque- llas circunstancias que las tales embajadas piden; levantaos del suelo, que escudero de tan gran caballero como es el de la Triste Figura^ de quien ya tenemos acá mucha noticia, no es justo que esté de hinojos; levantaos, amigo, y decid á vues- tro señor que venga mucho enhorabuena á ser- virse de mí y del duque, mi marido, en una casa de placer que aquí tenemos.
Levantóse Sancho admirado, así de la fermo- sura de la buena señora, como de su mucha crianza y cortesía, y más de lo que le había dicho que tenía noticia de su señor el Caballero de la Triste Figura; y que si no le había llamado el de los Leones, debía de ser por habérsele puesto tan nuevamente. Preguntóle la duquesa (cuyo título aún no se sabe): Decidme, hermano escudero, jeste vuestro señor no es uno de quien anda im-
MALICIAS Y AGUDEZAS $5
presa una historia que se llama del Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha^ que tiene por señora de su alma á una tal Dulcinea, del Toboso? El mismo es señora, respondió Sancho; y aquel escudero suyo que anda ó debe andar en la tal historia, á quien llaman Sancho Panza, soy yo, si no es que me trocaron en la cuna; quiero decir, que me trocaron en la estampa. De todo eso me huelgo yo mucho, dijo la duquesa. Id, hermano Panza, y decid á vuestro señor que él sea el bien llegado y el bien venido á mis estados, y que ninguna cosa me pudiera venir que más contento me diera. Sancho, con esta tan agrada- ble respuesta, con grandísimo gusto volvió á su amo, á quien contó todo lo que la gran señora le había dicho, levantando con sus rústicos términos á los cielos su mucha fermosura, su gran donaire y cortesía.
En esto llegó Don Quijote, alzada la visera, y dando muestras de apearse, acudió Sancho á tenerle el estribo; pero fué tan desgraciado, que al apearse del rucio se le asió un pie en una soga del albarda de tal modo, que no fué posible des- enredarle; antes quedó colgado del con la boca y los pechos en el suelo. Don Quijote, que no tenía en costumbre apearse sin que le tuviesen el estribo,
56 MALICIAS Y AGUDEZAS
pensando que ya Sancho había llegado á tenér- sele, descargó de golpe el cuerpo, y llevóse tras sí la silla de Rocinante, que debía de estar mal cin- chado, y la silla y él vinieron al suelo, no sin ver- güenza suya y de muchas maldiciones que entre dientes echó al desdichado Sancho, que aún toda- vía tenía el pie en la corma.
El duque mandó á sus cazadores que acudie- sen al caballero y al escudero, los cuales levan- taron á Don Quijote maltrecho de la caída, y renqueando y como pudo, fué á hincar las rodillas ante los señores; pero el duque no lo consintió en ninguna manera; antes apeándose de su caballo, fué á abrazar á Don Quijote.
Ya en esto Sancho había aderezado y cinchado bien la silla á Rocinante, y subiendo en él Don Quijote, y el duque en un hermoso caballo pu- sieron á la duquesa en medio, y encamináronse al castillo. Mandó la duquesa á Sancho que fuese junto á ella, porque gustaba infinito de oir sus discreciones. No se hizo de rogar Sancho; entre- tejióse entre los tres, é hizo un cuarto en la con- versación, con gran gusto de la duquesa y del duque, que tuvieron á gran ventura acoger en su castillo tal caballero andante y tal escudero andado.
MALICIAS Y AGUDEZAS 57
Suma era la alegría que llevaba consigo Sancho viéndose á su parecer en privanza con la duquesa, porque se le figuraba que había de hallar en su castillo lo que en la casa de don Diego y en la de Basilio, siempre aficionado á la buena vida, y así tomaba la ocasión por la melena en esto de rega- larse cada y cuando que se ofirecía.
Sancho, desamparando al rucio, se cosió á la duquesa, y se entró en el castillo, y remordiéndole la conciencia de que dejaba al" jumento sólo, se llegó á una reverenda dueña que con otras á reci- bir á la duquesa había salido, y con voz baja le dijo: Señora González, ó cómo es su gracia de vuesa merced. Doña Rodríguez de Grijalba me llamo, respondió la dueña; ¿qué es lo que man- dáis, hermano? A lo que respondió Sancho: Querría que vuesa merced me la hiciese de salir á la puer- ta del castillo, donde hallará un asno rucio mío; vuesa merced sea servida de mandarle poner ó po- nerle en la caballeriza, porque el pobrecito es un poco medroso, y no se hallará á estar solo en nin- guna de las maneras. S^an discreto es el amo como el mozo, respondió la dueña, medradas es- tamos. Andad, hermano, mucho de enhoramala, para vos y para quien aquí os trujo; tened cuenta con vuestro jumento, que las dueñas desta casa no
58 MALICIAS Y AGUDEZAS
estamos acostumbradas á semejantes haciendas. Pues en verdad, respondió Sancho, que he oído decir á mi señor, que es zahori de las historias, contando aquella de Lanzarote, cuando de Bretaña vino: «Que damas curaban del, y dueñas de su rocín;» y que en el particular de mi asno, que no lo trocara yo con el rocín de Lanzarote. Hermano, si sois juglar, respondió la dueña, guardad vuestras gracias para donde lo parezcan y se os paguen, que de mí no podéis llevar sino una higa. Aun bien, respondió Sancho, que será bien madura, pues no perderá vuesa merced la quinóla de sus años por punto menos. Hijo de puta, dijo la dueña, toda ya encendida en cólera; si soy vieja ó no, á Dios daré la cuenta, que no á vos, bellaco, harto de ajos; y esto dijo en voz tan alta, que lo oyó la duquesa, y volviendo el rostro y viendo á la due- ña tan alborotada y tan encarnizados los ojos, le preguntó con quién las había. Aquí las he, res- pondió la dueña, con este buen hombre, que me ha pedido encarecidamente que vaya á poner en la caballeriza á un asno suyo que está á la puerta del castillo, trayéndome por ejemplo que así lo hi- cieron no sé dónde, que unas damas curaron á un tal Lanzarote, y unas dueñas á su rocino, y sobre todo, por buen término, me ha llamado vieja. Esto
MALICIAS Y AGUDEZAS 59
tuviera yo por afrenta, respondió la duquesa, más que cuantas pudieran decirme; y hablando con Sancho, le dijo: Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez es muy moza, y que aquellas tocas más las trae por la autoridad y por la usanza, que por los años.
Malos sean los que me quedan por vivir, res- pondió Sancho, si lo dije por tanto; sólo lo dije porque es tan grande el cariño que tengo á mi ju- mento, que me pareció que no podía encomen- darle á persona más caritativa que á la señora Ro- dríguez. Don Quijote, que todo lo oía, dijo: ¿Plá- ticas son estas, Sancho, para este lugar? Señor, respondió Sancho, cada uno ha de hablar de su menester donde quiera que estuviere; aquí se me acordó del rucio, y aquí hablé del, y si en la ca- balleriza se me acordara allí hablara. A lo que dijo el duque: Sancho está muy en lo cierto, y no hay que culparle en nada; al rucio se le dará re- cado á pedir de boca, y descuide Sancho, que se le tratará como á su misma persona.
Convidó el duque á Don Quijote con la cabece- ra de la mesa; y aunque él la rehusó, las impor- tunaciones del duque fueron tantas que la hubo de tomar. El eclesiástico se sentó frontero, y el
6o MALICIAS Y AGUDEZAS
duque y la duquesa á los dos lados. A todo esto estaba presente Sancho, embobado y atónito de ver la honra que á su señor aquellos príncipes le hacían; y viendo las muchas ceremonias y ruegos que pasaron entre el duque y Don Quijote para hacerle sentar á la cabecera de la mesa, dijo: Si sus mercedes me dan licencia, les contaré un cuen- to que pasó en mi pueblo, acerca desto de los asientos. Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando Don Quijote tembló, creyendo sin duda algún a que había de decir alguna necedad. Miróle Sancho, y entendióle, y dijo: No tema vuesa merced, señor mío, que yo me desmande, ni que diga cosa que no venga muy á pelo, que no se me han olvi- dado los consejos que poco ha vuesa merced me dio sobre el hablar mucho ó poco, bien ó mal. Yo no me acuerdo de nada, Sancho, respondió Don Quijote; di lo que quisieres, como lo digas presto. Pues lo que quiero decir, dijo Sancho, es tan ver- dad, que mi señor Don Quijote, que está presen- te, no me dejará mentir. Por mí, replicó Don Qui- jote, miente tú, Sancho, cuanto quisieres, que yo ne te iré á la mano; pero mira lo que vas á decir. Tan mirado y remirado lo tengo, que á buen salvo está el que repica, como se verá por la obra. Bien será, dijo Don Quijote, que vuestras grandezas
MALICIAS Y AfiUPEZAS #1
manden echar de aquí á este tonto, que dirá mil patochadas.
Por vida del duque, dijo la duquesa, que no se ha de apartar de mí, Sancho, un punto; quiérele yo mucho porque es muy discreto. Discretos días, dijo Sancho, viva vuestra santidad por el buen crédito que de mí tiene, aunque en mí no lo haya; y el cuento que quiero decir es este: Convidó un hidalgo de mi pueblo muy rico y principal, porque venía de los Alamos de Medina del Campo, que casó con doña Mencía de Quiñones, que fué hija de don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que se ahogó en la Herradura, por quien hubo aquella pendencia años ha en nuestro lugar, que á lo que entiendo mi señor Don Quijote se halló en ella, donde salió herido Tomasillo el travieso, el hijo de Balbastro el herrero. ¿No es verdad todo esto, señor nuestro amo? dígalo por su vida, porque estos señores no me tengan por algún hablador mentiroso.
Hasta ahora, dijo el eclesiástico, más os tengo por hablador que por mentiroso; pero de aquí adelante no sé por lo que os tendré. Tú das tan- tos testigos, Sancho, y tantas señas, que no puedo dejar de decir que debes de decir verdad;, pasa adelante, y acorta el cuento, porque llevas camino
62 MALIQAS Y AGUDEZAS
de no acabar en dos días. No ha de acortar tal, dijo la duquesa, por hacerme placer; antes le ha de contar de la manera que le sabe, aunque no le acabe en seis días; que si tantos fuesen, serían para mí los mejores que hubiese llevado en mi vida. Digo, pues, señores míos, prosiguió Sancho, que este tal hidalgo, que yo conozco como á mis manos, porque no hay de mi casa á la suya un tiro de ballesta, convidó á un labrador pobre, pero honrado. Adelante, hermano, dijo á esta sazón el religioso, que camino lleváis de no parar con vuestro cuento hasta el otro mundo. A menos de la mitad pararé, si Dios fuere servido, respondió Sancho; y así digo, que llegando el tal labrador á casa del dicho hidalgo envidador, que buen poso haya su ánima, que ya es muerto, y por más señas dicen que hizo una muerte de un ángel, que yo no me hallé presente; que había ido por aquel tiempo á segar á Tembleque. Por vida vuestra, hijo, que volváis pronto de Tembleque, y que sin enterrar al hidalgo, si no queréis hacer más exequias, acabéis vuestro cuento. Es, pues, el caso, replicó Sancho, que estando los dos para asentarse á la mesa, que parece que ahora los veo más que nunca... Gran gusto recibían los duques del dis- gusto que mostraba tomar el buen religioso de la
MAUCIAS Y AGUDEZAS 63
dilación y [)ausas con que Sancho contaba su cuen- to, y Don Quijote se estaba consumiendo en có- lera y en rabia. Digo así, dijo Sancho, que estando, como he dicho, los dos para asentarse á la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase la cabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba tam- bién que el. labrador la tomase, porque en su casa se había de hacer lo que él mandase; pero el la- brador, que presumía de cortés y bien criado, ja- más quiso, hasta que el hidalgo, mohino, ponién- dole ambas manos sobre los hombros, le hizo sentar por fuerza, diciéndole: Sentaos, majagran- zas, que adonde quiera que yo me siente será vuestra cabecera; y este es el cuento, y en verdad que creo no ha sido aquí traído fuera de propó- sito.
Púsose Don Quijote de mil colores, que, sobre lo moreno, jaspeaban y se le parecían. Los seño- res disimularon la risa, porque Don Quijote no acabase de correrse, habiendo entendido la mali- cia de Sancho.
A este punto llegaban de su coloquio el duque, la duquesa y Don Quijote, cuando oyeron muchas voces y gran rumor de gente en el palacio, y á
64 MALICIAS Y AGUDEZAS
deshora entró Sancho en la sala, todo asustado^ con un cernadero por babador, y tras él muchos mozos, ó por mejor decir, picaros de cocina y otra gente menuda, y uno venía con un arte- soncillo de agua, que en la color y poca limpie- za, mostraba ser de fregar; seguíale y perseguíale el de la artesa, y procuraba con toda solicitud po- nérsela y encajársela debajo de las barbas, y otro picaro mostraba querérselas lavar. ¿Qué es esto, hermanos?, preguntó la duquesa; ¿qué es esto? ¿qué queréis hacer á este buen hombre? ¿cómo? ¿y no consideráis que está electo gobernador? A lo que respondió el picaro barbero: No quiere este señor dejarse lavar como es usanza, y como se lavó el duque mi señor y el señor su amo. Sí quiero, res- pondió Sancho con mucha cólera, pero querría que fuese con toallas más limpias, con lejía más clara y con manos no tan sucias, que no hay tanta diferencia de mí á mi amo, que á él le laven con agua de ángeles, y á mí con lejía de diablos; las usanzas de las tierras y de los palacios de los príncipes, tanto son buenas cuanto no dan pesa- dumbre; pero la costumbre del lavatorio que aquí se usa, peor es que de disciplinantes. Yo estoy limpio de barbas, y no tengo necesidad de seme- jantes refrigerios; y el que se llegare á lavarme ni
MALICIAS Y AGUDItZAS 65
á tocarme un pelo de la cabeza, digo, de mi barba, hablando con el debido acatamiento, le daré tal puñada que le deje el puño engastado en los cas- cos; que estas tales cirimonias y jabonaduras más parecen burlas que gasajos de huéspedes. Perecida de risa estaba la duquesa viendo la cólera y oyen- do las razones de Sancho, pero no dio mucho gusto á Don Quijote verle tan mal adeliñado con la jaspeada toalla y tan rodeado de tantos entre- tenidos de cocina, y así, haciendo una profunda reverencia á los duques, como que les pedía licen- cia para hablar, con 'voz reposada dijo á la cana- lla: Hola, señores caballeros; vuesas mercedes dejen al mancebo, y vuélvanse por donde vinieron, ó por otra parte, si se les antojare, que mi escudero es limpio tanto como otro, y esas artesillas son para él estrechas y penantes búcaros; tomen mi consejo, y déjenle, porque ni él ni yo sabemos de achaque de burlas. Cogióle la razón de la boca Sancho, y prosiguió diciendo: No; si no llegúense á hacer burla del mostrenco, que así lo sufriré como ahora es de noche. Traigan aquí un peine ó lo que quisiesen, y almohácenme estas barbas, y si sacaren dellas cosas que ofendan á la limpieza, que me trasquilen á cruces. A esta sazón, sin de- jar la risa, dijo la duquesa: Sancho Panza tiene
66 MALICIAS Y AGUDEZAS
razón en todo cuanto dijere: él eá limpio, y como él dice, no tiene necesidad de lavarse; y si nues- tra usanza no le contenta, su alma en su palma; cuanto más que vosotros, ministros de la limpieza, habéis andado demasiadamente de remisos y des- cuidados, y no sé si diga atrevidos, á traer á tal personaje y á tales barbas, en lugar de fuentes y aguamaniles de oro puro y de alemanas toallas, artesillas y dornajos de palo y rodillas de apara- dores; pero, en fin, sois malos y mal nacidos, y no podéis dejar, como malandrines que sois, de mos- trar la ojeriza que tenéis con los escuderos de los andantes caballeros. Creyeron los apicarados mi- nistros, y aun el maestresala que venía con ellos, que la duquesa hablaba de veras, y así quitaron el cernadero del pecho de Sancho, y todos confusos y casi corridos, se fueron y le dejaron; el cual viéndose fuera de aquel, á su parecer sumo peli- gro, se fué á hincar de rodillas ante la duquesa, y dijo: De grandes señoras, grandes mercedes se esperan; ésta que vuestra merced hoy me ha hecho, no puede pagarse con menos sino es con desear verme armado caballero andante para ocu- parme todos los días de mi vida en servir á tan alta señora; labrador soy, Sancho Panza me llamo, casado soy, hijos tengo, y de escudero sirvo; si
MALICIAS Y AGUDEZAS 6^
con alguna destas cosas puedo servir á vuestra grandeza, menos tardaré yo en obedecer que vues- tra señoría en mandar.
Sancho, gobernador de la ínsula Baratarla.
Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha gente, vestido á lo letrado y encima un gabán muy ancho de camelote de aguas leonado, con una montera de lo mismo, sobre un macho á la jineta; detrás del, por orden del duque, iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volvía Sancho la cabeza de cuando en cuando á mirar á su asno, con cuya compañía iba tan contento que no se trocara con el empe- rador de Alemania.
Al despedirse de los duques les besó las manos y tomó la bendición de su señor, que se la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con pucheritos.
Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho á un lugar de hasta i.ooo vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Dié- ronle á entender que se llamaba la ínsula Barata- ria, ó ya porque el lugar se llamaba Baratarlo, ó ya por el barato con que se le había dado el go-
68 MALICIAS Y AGUDEZAS
bierno. Al llegar á las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo á recibir- le; tocaron las campanas, y todos los vecinos die- ron muestras de general alegría, y con mucha pompa le llevaron á la iglesia mayor á dar gracias á Dios, y luego, con algunas ridiculas ceremonias, le entregaron las llaves del pueblo y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Baratarla.
El traje, las barbas, la gordura y pequenez del nuevo gobernador tenían admirada á toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun todos los que lo sabían, que eran muchos. Finalmente, en sacándole de la iglesia, le llevaron á la silla del juzgado y le sentaron en ella, y el mayordomo del duque le dijo: es costumbre antigua en esta ínsu- la, señor gobernador, que el que viene á tomar posesión desta famosa ínsula está obligado á res- ponder á una pregunta que se le hiciere, que sea algo intrincada y dificultosa, de cuya respuesta el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y así, ó se alegra ó se entris- tece con su venida. En tanto que el mayordomo decía esto á Sancho, estaba él mirando unas gran- des y muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban escritas, y, como él no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas que en
KlALlClAS Y AGUDEZAS 6^
aquella pared estaban. Fuéle respondido: señor, allí está escrito y notado el día en que usía tomó posesión de esta ínsula, y dice el epitafio: Hoy, á día tantos de tal mes y de tal año, tomó la pose- sión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos años la goce. ¿Y á quién llaman don San- cho Panza?, preguntó Sancho. A usía, respondió el mayordomo, que en esta ínsula no ha entrado otro Panza que el que está sentado en esa silla. Pues advertid, hermano, dijo Sancho, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido; San- cho Panza me llaman á secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi abuelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas, y yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras; pero basta. Dios me entiende, y podrá ser que si el gobierno me dura cuatro días, yo escarde estos dones, que, por la muche- dumbre, deben de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor mayordo- mo, que yo responderé lo mejor que supiere, ora se entristezca ó no se entristezca el pueblo. A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador y el otro de sastre, por- que traía unas tijeras en la mano, y el sastre dijo: Señor gobernador, yo y es^e hombre labrador" ve-
7© MALICIAS Y AGUDEZAS
nimos ante vuestra merced en razón que este buen hombre llegó á mi tienda ayer, que yo, con per- dón de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito, y poniéndome un pedazo de paño en las manos, me preguntó: Señor, ¿habría en este paño harto para hacerme una caperuza? Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él de- bióse de imaginar, á lo que yo imagino, é imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicóme que mirase si habría para dos; adivínele el pensamiento, y díjele que sí; y el caballero, en su primera y dañada in- tención, fué añadiendo caperuzas y yo añadiendo síes, hasta que llegamos á cinco caperuzas, y aho- ra, en este punto, acaba de venir por ellas; yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me pide que le pague ó vuelva el paño. ¿Es todo esto así, hermano? preguntó Sancho. Sí, señor, respondió el hombre; pero hágale vuesa merced que muestre las cinco caperuzas que me ha hecho. De buena gana, respondió el sastre, y sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mos- tró en ella cinco caperuzas, puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo: He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me
MALICIAS Y^AGUDEZAS 7 1
pide, y en Dios y en mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra á vista de veedores del oficio. Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo pleito. Sancho se puso á considerar un poco, y dijo: Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar luego á juicio de buen va- rón, y así, doy por sentencia que el sastre pierda las hechuras y el labrador el paño, y las caperu- zas se lleven á los presos de la cárcel, y no hay más.
Se hizo lo 'que mandó el gobernador, ante el cual se presentaron dos hombres ancianos: el uno traía una cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo: Señor, á este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro, por hacerle placer y buena obra, con condición que me los volviese cuando se los pidiese; pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en mayor necesidad de volvérme- los que la que él tenía cuando yo se los presté; pero por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y muchas veces, y no sola- mente no me los vuelve, pero me los niega, y dice que nunca tales diez escudos le presté, y que si se los presté ya me los ha vuelto; yo no tengo testi- gos ni del prestado ni de la vuelta, porque no me
72 \f ALICIAS Y AGUDEZAS
Io3 ha vuelto; querría que vuesa merced le tomase juramento, y si jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono, para aquí y para delante de Dios. ¿Qué decís vos á esto, buen viejo del báculo?, dijo Sancho. A lo que dijo el viejo: Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuesa merced esa vara, y pues él lo deja en mi juramento, yo juraré como se los he vuelto y pagado real y verdaderamente. Bajó el gobernador la vara, y en tanto el viejo del báculo dio el báculo al otro viejo que se lo tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara mu- cho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad que se le habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían, pero que él se los había vuelto de su mano á la suya, y que por no caer en ello se los volvía á pedir por mo- mentos.
Viendo lo cual, el gran gobernador preguntó al acreedor qué respondía á lo que decía su contra- rio, y dijo que sin duda alguna su deudor debía de decir verdad, porque él le tenía por hombre de bien y buen cristiano, y que á él se debía de haber olvidado el cómo y cuándo se los había vuelto, y que de allí en adelante jamás le pediría nada. Tornó á tomar su báculo el deudor, y, bajando la cabeza, se salió del juzgado. Visto lo cual por
MALiaAS Y AGUDEZAS 73
Sancho, y que sin más ni más se iba, y viendo también la paciencia del demandante, inclinó la cabeza sobre el pecho, y poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices, es- tuvo pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la cabeza y mandó que le llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido. Trujéronsele, y en viéndole Sancho, le dijo: Dadme, buen hombre, ese báculo, que le he menester. De muy buena gana, respondió el viejo; hele aquí, señor, y puso- sele en la mano; tomóle Sancho, y dándosele al otro viejo, le dijo: Andad con Dios, que ya vais pa- gado. ¿Yo, señor?, respondió el viejo, ¿pues vale esa cañaheja diez escudos de oro? Sí, dijo el gober- nador, ó si no soy el más porro del mundo; y ahora se verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino, y mandó que allí delante de todos se rompiese y abriese la caña, Hízose así, y en el corazón della hallaron diez escudos de oro. Queda- ron todos admirados, y tuvieron á su gobernador por un nuevo Salomón. Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos diez escudos, y respondió que de haberle visto dar al viejo que juraba á su contrario aquel báculo en tanto que hacía el juramento, y jurar que se los había dado real y verdaderamente, y
74 MALICIAS Y AGUDEZAS
que en acabando de jurar le había vuelto á pedir el báculo, le vino á la imaginación que dentro del estaba la paga de lo que pedía; de donde se podía colegir que los que gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios, y más que él había oído contar otro caso como aquel al cura de su lugar y que en él tenía tan gran me- moria, que, á no olvidársele todo aquello de que quería acordarse, no hubiera tal memoria en toda la ínsula. Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron, y los presentes quedaron ad- mirados, y el que escribía las palabras, hechos y movimientos de Sancho no acababa de determi- narse si le tendría y pondría por tonto ó por dis- creto.
Luego acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer asida fuertemente de un hombre vesti- do de ganadero rico, la cual venía dando grandes voces, diciendo: Justicia, señor gobernador, justi- cia, y si no la hallo en la tierra la iré á buscar al cielo. Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha cogido en la mitad dése campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal lavado, y ¡desdichada de mí! me ha llevado lo que yo tenía guardado más de veintitrés años há, defendiéndolo de moros y cristianos, de
MALICIAS Y AGUDEZAS 75
naturales y extranjeros, y yo siempre dura como un alcornoque, conservándome entera como la sa- lamanquesa en el fuego ó como la lana entre las zarzas, para que esté buen hombre llegase con sus manos limpias á manosearme. Aún eso está por averiguar si tiene limpias ó no las manos este ga- lán, dijo Sancho, y volviéndose al hombre, le dijo qué decía y respondía á la querella de aquella mujer. El cual, todo turbado, respondió: señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía desde el lugar de vender (con perdón sea dicho) cuatro puercos, que me llevaron de alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían; volvíame á mi aldea, topé en el ca- mino á esa buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca y todo lo cuece, hizo que yogásemos jun- tos; pagúele lo suficiente, y ella, mal contenta, asió de mí y no me ha dejado hasta traerme en este puesto; dice que la forcé y miente, para el jura- mento que hago ó pienso hacer, y esta es la ver- dad, sin faltar meaja.
Entonces el gobernador le preguntó si traía con- sigo algún dinero en plata; él dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno de una bolsa de cuero. Mandó que la sacase y se la entregase así como estaba á la querellante; él lo hizo temblando; to-
j6 MALICIAS y AGUDEZAS
mola la mujer, y haciendo mil zalemas á todos, y rogando á Dios por la vida y salud del señor go- bernador, que así miraba por las huérfanas menes- terosas y doncellas, con esto se salió del juzgado, llevando la bolsa asida con entrambas manos, aun- que primero miró si era de plata la moneda que llevaba dentro. Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las lágrimas, y- los ojos y el corazón se iban tras su bolsa: Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera, y volved aquí con ella; y no lo dijo á tonto ni á sordo, porque luego partió como un rayo y fué á lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el fin de . aquel pleito, y de allí á poco volvieron el hombre y la mujer más asidos y aferrados que la vez pri- mera; ella la saya levantada, y en el regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela, mas no era posible, según la mujer la defendía, la cual daba voces diciendo: Justicia de Dios y del mundo; mire vuestra merced, señor gobernador, la poca vergüenza y el poco temor dése desalmado, que en mitad de la calle me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced mandó darme. ¿Y háosla quitado?, preguntó el gobernador. ¿Cómo quitar?, respondió la mujer; antes me dejaré quitar yo la
MALICIAS Y AGUDEZAS 77
vida que me quiten la bolsa; bonita es la niña; otros gatos me han de echar á las barbas que no este desventurado y asqueroso; tenazas y marti- llos, mazos y escoplos no serán bastantes á sacár- mela de las uñas, ni aun garras de leones; antes el ánima de mitad en mitad de las carnes. Ella tiene razón, dijo el hombre, y yo me doy por rendido y sin fuerzas, y confieso que las mías no son bas- tantes para quitársela, y dejóla. Entonces el go- bernador dijo á la mujer: Mostrad, honrada y va- liente, esa bolsa. Ella se la dio luego, y el gober- nador se la volvió al hombre, y dijo á la esforzada y no forzada: Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza, andad con Dios, y mucho enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula, ni en seis leguas á la redonda, so pena de doscientos azotes; andad luego, digo, churrillera, desvergon- zada yembaidora. Espantóse la mujer, y fuese ca- bizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo al hombre: Buen hombre, andad con Dios á vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí adelante si no le queréis perder procurad que no os venga en voluntad de yogar con nadie. £1 hombre le dio
78 MALICIAS y AGUDEZAS
las gracias lo peor que supo y fuese, y los circuns- tantes quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo gobernador.
Cuenta la historia, que desde el juzgado lleva- ron á Sancho Panza á un suntuoso palacio, adon- de en una gran sala estaba puesta una real y lim- písima mesa; y así como Sancho entró en la sala, sonaron chirimías, y salieron cuatro pajes á darle aguamanos, que Sancho recibió con mucha gra- vedad. Cesó la música, sentóse Sancho á la cabecera de la mesa, porque no había más de aquel asiento y no otro servicio en toda ella. Pú- sose á su lado en pie un personaje, que después mostró ser médico, con una varilla de ballena en la mano. Levantaron una riquísima y blanca toa- lla con que estaban cubiertas las frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares. Uno que parecía estudiante le echó la bendición, y un paje puso un babador randado á Sancho; otro que hacía el oficio de maestresala, llegó un plato de fruta delante; pero apenas hubo comido un boca- do, cuando el de la varilla, tocando con ella en el plato, se le quitaron de delante con grandísima celeridad; pero el maestresala le llevó otro de otro manjar. Iba á probarle Sancho, pero antes
MALICIAS Y AGUDEZAS 79
que llegase á él, ni le gustase, ya la varilla había tocado en él, y un paje alzóle con tanta presteza como el de la fruta.
Visto lo cual por Sancho, quedó suspenso, y mirando á todos preguntó si se había de comer aquella comida como juego de Maesecoral. A lo cual respondió el de la vara: No se ha de comer, señor gobernador, sino como es uso y costumbre en las otras ínsulas donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico, y estoy asalariado en esta ín- sula para serlo de los gobernadores della, y miro por su salud mucho más que por la mía, estudian- do de noche y de día, y tanteando la complexión del gobernador para acertar á curarle cuando ca- yere enfermo, y lo principal que hago es asistir á sus comidas y cenas, y á dejarle comer de lo que me parece que le conviene, y á quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño y ser nocivo al estómago; y así mandé quitar el plato de la fruta por ser demasiadamente húmeda, y el plato del otro manjar también lo mandé quitar por ser de- masiadamente caliente, y tener muchas especias, que acrecientan la sed; y el que mucho bebe, mata y consume el húmedo radical donde consiste la vida. Desa manera aquel plato de perdices que están allí asadas, y á mi parecer bien sazonadas,
8o MALICIAS Y AGUDE2AS
no me harán algún daño. A lo que el médico res- pondió: Esas no comerá el señor gobernador en tanto que yo tuviere vida. ¿Pues por qué?, dijo Sancho. Y el médico respondió: Porque nuestro maestro Hipócrates, norte y luz de la medicina, en un aforismo suyo, dice: tOmnis saturiato mala, perdicis autem pessima». Quiere decir: toda har- tazga es mala, pero la de las perdices malísima. Si eso es así, dijo Sancho, vea el señor doctor, de cuantos manjares hay en esta mesa, cuál me hará más provecho y cuál menos daño, y déjeme co- mer del, sin que me lo apalee, porque por vida del gobernador, y así Dios me la deje gozar, que me muero de hambre; y al negarme la comida, aunque le pese al señor doctor, y él más que diga, antes será quitarme la vida, que aumentármela. Vuesa merced tiene razón, señor gobernador, res- pondió el médico, y así es mi parecer que vuesa merced no coma de aquellos conejos guisados que allí están, porque es manjar peliagudo; de aquella ternera, si no fuera asada y en adobo, aún se pu- diera probar, pero no hay para qué. Y Sancho dijo: Aquel platonazo que está más adelante va- hando, me parece olla podrida, que por la diver- sidad de cosas que en las tales ollas podridas hay, no podré dejar de topar con alguna que me sea de
MALICIAS Y AGUDEZAS 8t
gusto y de provecho. Absit^ dijo el médico, vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento; no hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una Olla podrida; allá las ollas podridas para los ca- nónigos, ó para los rectores de colegios, ó para las bodas labradorescas, y déjennos libres las mesas de los gobernadores, donde ha de asistir todo primor y toda atildadura; y la razón es, por- que siempre y á do quiera y de quien quiera, son más estimadas las medicinas simples que las com- puestas, porque en las simples no se puede errar, y en las compuestas sí, alternando la cantidad de las cosas de que son compuestas; mas lo que yo sé que ha de comer el señor gobernador ahora para conservar su salud y corroborarla, es un cien- to de canutillos de suplicaciones, y unas tajaditas sutiles de carne de membrillo, que le asienten el estomago y le ayuden á la digestión. Oyendo esto Sancho, se arrimó sobre el espaldar de la silla, y miró de hito en hito al tal médico, y con voz gra- ve le preguntó cómo se llamaba, y dónde había estudiado, A lo que él respondió: Yo, señor go- bernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero, y soy natural de un lugar llamado Tir- teafuera, que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo, á la mano derecha, y tengo el grado
6
82 MALICIAS y AGUDEZAS
de doctor por la Universidad de Osuna. A lo que respondió Sancho, todo encendido en cólera: Pues, señor doctor Pedro Recio de mal Agüero, natural de Tirteafuera, lugar que está á la derecha mano ^ como vamos de Caracuel y Almodóvar del Cam- po, graduado en Osuna, quíteseme luego de de- lante, sino, voto al sol, que tome un garrote, y que á garrotazos, comenzando por él, no me ha de quedar médico en toda la ínsula, á lo menos de aquellos que yo entienda que son ignorantes; que á los médicos sabios, prudentes y discretos, los pondré sobre mi cabeza y los honraré como á personas divinas; y vuelvo á decir que se me vaya Pedro Recio de aquí, si no, tomaré esta silla don- de estoy sentado, y se la estrellaré en la cabeza; y pídanmelo en residencia que yo me descargaré con decir que hice servicio á Dios en matar á un mal médico, verdugo de la república; y denme de comer, ó si no, tómense su gobierno, que oficio que no da de comer á su dueño, no vale dos ha- bas. Alborotóse el doctor viendo tan colérico al gobernador, y quiso hacer Tirteafuera de la sala, sino que enaquel instante sonó una corneta de posta en la calle, y asomándese el maestresala á la ven- tana, volvió diciendo: Correo viene del duque, mi señor; algún despacho debe traer de importancia.
MALiaAS Y AGUDEZAS 83
Entró el correo sudando y asustado, y sacando un pliego del seno, le puso en las manos del go- bernador, y Sancho le puso en las del mayordo- mo, á quien mandó leyese el sobrescrito, que de- cía así: A don Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataría, en su propia mano, ó en las de su secretario. Oyendo lo cual Sancho, dijo: ^Quién es aquí mi secretario?; y uno de los que presentes estaban, respondió: Yo, señor, porque sé leer y escribir y. soy vizcaíno. Con esa añadidura, dijo Sancho, bien podéis ser secretario del mismo em- perador; abrid ese pliego, y mirad lo que dice. Hízolo así el recién nacido secretario, y habiendo leído lo que decía, dijo que era negocio para tra- tarle á solas. Mandó Sancho despejar la sala, y que no quedasen en ella sino el mayordomo y el maestresala, y los demás y el médico se fueron, y luego el secretario leyó la carta, que así decía:
«A mi noticia ha llegado, señor don Sancho Panza, que unos enemigos míos y desa ínsula la han de dar un asalto furioso, no sé qué noche; con- viene velar y estar alerta, porque no le tomen desapercibido. Sé también por espías verdaderos, que han entrado en este lugar cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida, porque se temen de vuestro ingenio; abrid el ojo, y mirad quién
84 MALICIAS Y AGUDEZAS
llega á hablaros, y no comáis de cosas que os presentaren. Yo tendré cuidado de socorreros si os viéredes en trabajo, y en todo haréis como se espera de vuestro entendimiento. Deste lugar á diez y seis de Agosto, á las cuatro de la mañana. Vuestro amigo, el duque. ^
Quedó atónito Sancho, y mostraron quedarlo asimismo los circunstantes, y volviéndose al ma- yordomo, le dijo: Lo que ahora se ha de hacer, y ha de ser luego, es meter en un calabozo al doc- tor Recio, porque si alguno me ha de matar, ha de ser él, y de muerte adminicula y pésima, como es la del hambre. También, dijo el maestresala, me parece á mí que vuesa merced no coma de todo lo que está en esta mesa, porque lo han pre- sentado unas monjas, y como suele decirse, detrás de la cruz está el diablo. No lo niego, respondió Sancho, y por ahora denme un pedazo de pan y obra de cuatro libras de uvas, que en ellas no po- drá venir veneno, porque, en efecto, no puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar pron- tos para estas batallas que nos amenazan, menes- ter será estar bien mantenidos, porque tripas lie;; van corazón, que no corazón tripas; y vos, secre- tario, responded al duque mi señor, y decidle que se cumplirá lo que manda como lo manda, sin
MALICIAS y AGUDEZAS 8^
faltar punto; y daréis de mi parte un besamanos á mi señora la duquesa, y que le suplico no se le olvide de enviar con un propio mi carta y mi lío á mi mujer Teresa Panza, que en ello recibiré mucha merced, y tendré cuidado de escribirla con todo lo que mis fuerzas alcanzaren; y de camino, podéis encajar aún besamanos á mi señor, Don Quijote de la Mancha, porque vea que soy pan agradecido; y vos, como secretario y como buen vizcaíno, podéis añadir tod(y lo que quisiéredes y más viniere á cuento; y álcense estos manteles, y denme á mí de comer, que yo me avendré con cuantos espías y matadores y encantadores vinie- ren sobre mí y sobre mi ínsula. En esto entró un paje, y dijo: Aquí está un labrador negociante que quiere hablar á vuestra señoría en un negocio, según él dice, de mucha importancia. Extraño caso es éste, dijo Sancho, destos negociantes; ¿es posible que sean tan necios que no echen de ver que semejantes horas como estas no son en las que han de venir á negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los que somos jueces, no somos hombres de carne y hueso, y que es menester que nos dejen descansar el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren que seamos hechos de pie- dra mármol? Por Dios y en mi conciencia que si
S6 MALICIAS Y AGÜbEZÁS
me dura el gobierno (que no durará según se me trasluce), que yo ponga en pretina á más de un negociante. Agora decid á ese buen hombre que entre; pero adviértase primero no sea alguno de los espías ó matador mío. No, señor, respondió el paje, porque parece un alma de cántaro, y yo sé poco, ó él es tan bueno como el buen pan. No hay que temer, dijo el mayordomo, que aquí es- tamos todos. ¿Sería posible, dijo Sancho, maestre- sala, que agora que no está el doctor Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de substancia, aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla? Esta noche á la cena se satisfará la falta de la co- mida, y quedará usía satisfecho y pagado, dijo el maestresala. Dios lo haga, respondió Sancho, y en esto entró el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil leguas se le echaba de ver que era bueno y buena alma.
Lo primero que dijo fué: ¿Quién es aquí el señor gobernador? ¿Quién ha de ser, respondió el secre- tario, sino el que está sentado en la silla? Humi- llóme, pues, á su presencia, dijo el labrador, y poniéndose de rodillas le pidió la mano para be- sársela Negósela Sancho, y mandó que se levanta- se y dijese lo que quisiese. Hízolo luego el labra- dor, y luego dijo: Yo, señor, soy labrador, natural
MALICIAS Y AGUDEZAS 87
de Miguel Turra, un lugar que está dos leguas de Ciudad Real. ¿Otro Tirteafuera tenemos?, dijo San- cho, decid, hermano, que lo que yo os sé decir es que sé muy bien á Miguel Turra, y que no está muy lejos de mi pueblo. Es, pues, el caso, señor, prosiguió el labrador, que yo por la misericordia de Dios soy casado en paz y en haz de la santa Iglesia católica romana; tengo dos hijos estudian- tes, que el menor estudia para bachiller, y el ma- yor para licenciado: soy viudo, porque se murió mi mujer, ó por mejor decir, me la mató un mal médico, que la purgó estando preñada, y si Dios fuera servido que saliera á luz el parto, y fuera hijo, yo le pusiera á estudiar para doctor, porque no tuviera envidia á sus hermanos el bachiller y el licenciado. De modo, dijo Sancho, que si vuestra mujer no se hubiera muerto ó la hubieran muerto, vos no fuérades agora viudo. No, señor, en ningu- na manera, respondió el labrador. Medrados esta- mos, replicó Sancho; adelante, hermano, que es hora de dormir más que de negociar. Digo, pues, dijo el labrador, que este mi hijo que ha de ser bachiller, se enamoró en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de Andrés Perlerino, labrador riquísimo; y este nombre de Perlerines no les viene de abolengo ni otra alcur-
8S MALICIAS V A6UD8ZAS
nía, sino porque todos los de este linaje son per- láticos, y por mejorar el nombre los llaman Perle- rines, aunque si va á decir la verdad, la doncella es como una perla oriental, y mirada por el lado derecho parece una flor del campo; por el izquier- do no tanto, porque le falta aquel ojo, que se le saltó de viruelas; y aunque los hoyos del rostro son muchos y grandes, dicen los que la quieren bien que aquellos no son hoyos, sino sepulturas donde se sepultan las almas de sus amantes. Es tan Hmpia, que por no ensuciar la cara, trae las narices, como dicen, arremangadas, que no pare- ce sino que van huyendo de la boca, y con todo eso parece bien por extremo, porque tiene la boca grande, y á no faltarle diez ó doce dientes y mue- las, pudiera pasar y echar raya, entre las más bien formadas. De los labios no tengo que decir, por- que son tan sutiles y delicados, que si se usara aspar labios, pudieran hacer dellos una madeja; pero como tienen diferente color de la que en los labios se usa comúnmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y abe- renjenado; y perdóneme el señor gobernador si tan á menudo voy pintando las partes de la que al fin ha de ser mi hija, que la quiero bien, y no me parece mal.
MALICIAS Y AGUDEZAS 89
Pintad lo que quisiéredes, dijo Sancho, que yo me voy recreando en la pintura, y si hubiera co- mido no hubiera mejor postre para mí que vues- tro retrato. Eso tengo yo por servir, respondió el labrador; pero tiempo vendrá en que seamos, si ahora no somos; y digo, señor, que si pudiera pintar su gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiración; pero no puede ser á causa de que ella está agobiada y encogida, y tiene las ro- dillas con la boca, y con todo eso se echa bien de ver que si pudiera levantar diera con la cabeza en el techo, y ya ella hubiera dado la mano de espo- sa á mi bachiller, sino que no la puede extender, que está añudada, y con todo en las uñas largas y acanaladas se muestra su bondad y buena hechu- ra. Está bien, dijo Sancho, y haced cuenta, her- mano, que ya la habéis pintado de los pies á la cabeza: ¿qué es Jo que queréis ahora? y venid al punto sin rodeos ni callejuelas, ñl retazos ni aña- diduras. Quería, señor, respondió el labrador, que vuesa merced me hiciese merced de darme una carta de favor para mi consuegra, suplicándole sea servida de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los bienes de fortuna ni en los de la Naturaleza, porque para decir la ver- dad, señor gobernador, mi hijo es endemoniado,
90 MALICIAS Y AGUDEZAS
y no hay día que tres ó cuatro veces no le ator- menten los malignos espíritus, y de haber caído una vez en el fuego tiene el rostro arrugado como pergamino, y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una condición de ángel, y si no es que se aporrea y da de puñaladas él mesmo á sí mes- mo, fuera un bendito. ¿Queréis otra cosa, buen hombre?, replicó Sancho. Otra cosa querría, dijo el labrador, sino que no me atrevo á decirlo; pero vaya, que, en fin, no se me ha de pudrir en el pe- cho, pegue ó no pegue. Digo, seflor, que querría que vuesa merced me diese trescientos ó seiscien- tos ducados para ayuda del dote de mi bachiller, para ayuda de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos á las impertinen- cias de los suegros.
Mirad si queréis otra cosa, dijo Sancho, y no la dejéis de decir por empacho ni por vergüenza. No por cierto, respondió el labrador, y apenas dijo esto, cuando levantándose en pie el goberna* dor, asió de la silla en que estaba sentado, y dijo: Voto á tal, don Patán rústico y mal mirado, que si no os apartáis y escondéis luego de mi presen- cia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza. Hideputa, bellaco, pintor del mesmo demonio, ly á estas horas te vitenea á pedirme seiscientos
MALICIAS Y AGUDEZAS 9 1
ducados? ¿y dónde los tengo yo, hediondo? ¿y por qué te los había de dar aunque los tuviera, soca- rrón y mentecato? ¿y qué se me da á mí de Mi- guel Turra, ni de todo el linaje de los Perlerines? Vade mí, digo, si no, por vida del duque mi señor, que haga lo que tengo dicho. Tú no debes de ser de Miguel Turra, sino algún socarrón, que para tentarme te ha enviado aquí el infierno. Dime, desalmado, aun no ha día y medio que tengo el gobierno, ¿y ya quieres que tenga seiscientos du- cados? Hizo de señas el maestresala al labrador que se saliese ue la sala, el cual lo hizo cabizbajo, y al parecer temeroso de^ que el gobernador no ejecutase su cólera, que el bellacón supo hacer muy bien su oficio.
Dejamos al gran gobernador enojado y mohino con el labrador, pintor y socarrón, el cual, indus- triado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se burlaban de Sancho; pero él se las tenía tiesas á todos, maguera tonto, bronco ro- llizo, y dijo á los que con él estaban, y al doctor Pedro Recio, que como se acabó el secreto de la carta del duqne, había vuelto á entrar en la sala. Ahora, verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben ser, ó han de ser, de
^a MALICIAS Y AGUDB2Aa
bronce para no sentir las importunidades de los negociantes, que á todas horas y á todos tiempos quieren que los escuchen y despachen, atendiendo sólo á su negocio, y venga lo que viniere; y si el pobre del juez no los escucha y despacha, ó por- que no puede, ó porque no es aquel el tiempo diputado para darles audiencia, luego le maldicen y murmuran y le roen los huesos, y aun le des- lindan los linajes. Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures, espera sazón y coyun- tura para negociar; no vengas á la hora del comer ni á la del dormir, que los jueces son de carne y de hueso, y han de dar á la naturaleza lo que la naturaleza les pide, si no es yo, que no le doy de comer á la mía, merced al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere que muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios á él y á todos los de su ráela, digo, á la de los malos médicos; que la de los buenos, palmas y lauros merecen. Todos los que conocían á Sancho Panza, se admiraban oyéndole hablar tan elegantemente, y no sabían á que atribuirlo, sino á que los oficios y cargos graves ó adoban ó entorpecen los entendimientos. Finalmente, el doctor Pedro Recio Agüero de Tirteafuera, prometió de darle de cenar aquella
MALICIAS Y AGUDEZAS 93
noche, aunque excediese de todos los aforismos de Hipócrates. Con esto quedó contento el gober- nador, y esperaba con gran ansia llegase la noche y la hora de cenar; y aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo sin moverse de un lugar, todavía se llegó, por él tanto deseado, donde le dieren de cenar un salpicón de vaca con cebolla y unas manos cocidas de ternera, algo entrada en días . Entregóse en todo con más gusto que si le hubieran dado francolines de Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento, perdices de Morón ó gansos de Lavajos; y entre la cena, volviéndose al doctor, le dijo: Mirad, señor doctor, de aquí adelante no os curéis de darme cosas regaladas ni manjares exquisitos, porque será sacar á mi estómago de sus quicios, el cual está acostum- brado á cabra, á vaca, á tocino, á cecina, á nabos y á cebollas, y si acaso le dan otros manjares de palacio, los recibe con melindre, y algunas veces con asco; lo que el maestresala puede hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él quisiere, como sea de comer, que yo se lo agra- deceré, y se lo pagaré algún día; ya no se burla nadie conmigo, porque, ó somos ó no somos;
94 MALICIAS Y AGUDEZAS
vivamos todos y comamos en buena paz y com- pañía, pues cuando Dios amanece para todos ama- nece; yo gobernaré esta ínsula sin perdonar dere- cho ni llevar cohecho; y todo el mundo traiga el ojo alerta, y mire por el virote, porque les hago saber que el diablo está en Cantillana, y que si me dan ocasión han de ver maravillas: no sino haceos miel, y comeros han moscas.
Por cierto, señor gobernador, dijo el maes- tresala, que vuesa merced tiene mucha razón en cuanto ha dicho; y que yo ofrezco, en nombre de todos los insulanos desta ínsula, que han de servir á vuesa verced con toda puntualidad, amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en estos principios vuesa merced ha dado, no les da lugar de hacer ni de pensar cosa que en deservicio de vuesa merced redunde. Yo lo creo, respondió Sancho, y serían ellos unos necios si otra cosa hiciesen ó pensasen; y vuelvo á decir que se tenga cuenta con mi sustento y con el de mi rucio, que es lo que en este negocio importa y hace más al caso; y en siendo hora vamos á rondar, que es mi intención limpiar esta ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagabunda, holgazana y mal entretenida, porque quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía y perezosa es
MALICIAS Y AGUDEZAS 95
en a república lo mesmo que los zánganos en las colmenas, que se comen la miel que laa trabaja- doras abejas hacen.
Pienso favorecer á los labradores, guardar sus preeminencias á los hidalgos, premiar los virtuo- sos y, sobre todo, tener respeto á la religión y á la honra de los rehgiosos. ¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo, ó quiébreme la cabeza? Dice tanto vuesa merced, señor gobernador, dijo el mayordomo, que estoy admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que á lo que creo no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias y de avisos tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced es- peraban los que nos enviaron y los que aquí veni- mos; cada día se ven cosas nuevas en el mundo; las burlas se vuelven en veras, y los burladores se hallan burlados. Llegó la noche y cenó el gobernador, con licencia del señor doctor Recio. Aderezándose de ronda, salió con el mayordomo, secretario y maestresala, y el cronista que tenía cuidado de poner en memoria sus hechos, y al- guaciles y escribanos, tantos que podía formar un mediano escuadrón. Iba Sancho en medio con su vara, que no había más que ver, y pocas calles andadas del lugar, sintieron ruido de cuchilladas!
96 MALICIAS Y AGUDEZAS
acudieron allá, y hallaron que eran dos solos hombres los que reñían, los cuales, viendo venir á la justicia, se estuvieron quedos, y el uno dellos dijo: Aquí de Dios y del rey; cómo ¿y qué se ha de sufrir que roben en poblado en este pueblo y que salgan á saltear en él en medio de las calles? Sosegaos hombre de bien, dijo Sancho, y contad- me qué es la causa desta pendencia, que yo soy el gobernador. El otro contrario dijo: Señor gober- nador, yo la diré con toda brevedad: vuesa mer- ced sabrá que este gentil hombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego, que está aquí fron- tera, más de mil reales, y sabe Dios cómo; y hallándome yo presente, juzgué más de una suerte dudosa en su favor contra todo aquello que me dictaba la conciencia; alzóse con la ganancia, y cuando esperaba que me había de dar algún es- cudo por lo menos de barato, como es uso y cos- tumbre darle á los hombres principales como yo, que estamos asistentes para bien y mal pasar, y para apoyar sinrazones y evitar pendencias, él embolsó su dinero, y se salió de la casa; yo vine despechado tras él, y con buenas y corteses palabras le he pedido que me diese siquiera ocho reales, pues sabe que soy hombre honrado, y que no tengo oficio ni beneficio, porque mis padres
MALICIAS Y AGUDEZAS 97
no me lo enseñaron ni me lo dejaron, y el soca- rrón, que es más ladrón que Caco y más fullero que Andradilla, no quería darme más de cuatro reales; porque vea vuesa merced, señor goberna- dor, qué poca vergüenza y qué poca conciencia; pero á fe que si vuesa merced no llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que había de saber con cuántas entraba la romana.
¿Qué decís vos á esto?, preguntó Sancho. Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no había querido darle más de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los que esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que les dieren, sin ponerse en cuenta con los gananciosos, si ya no supiesen de cierto que son fulleros, y que lo que ganan es mal ganado, y que para señal que él era hombre de bien, y no ladrón, como decía, ninguna había mayor que el no haberle querido dar nada, que siempre los fulleros son tributarios de los mirones, que los conocen. Así es, dijo el mayordomo; vea vuesa merced, señor gobernador, qué es lo que se ha de hacer destos hombres. Lo que se ha de hacer es esto, respondió Sancho: vos, ganancioso, bueno ó malo, ó indiferente, dad luego á este vuestro acu- chillador cien reales, y más habéis de desembol-
7
qS malicias y agudezas
sar treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que no tenéis oficio ni beneficio^ y andáis de nones en esta ínsula, tomad luego esos cien reales, y mañana en todo el día salid desta ínsula, deste- rrado por diez años, so pena, si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra vida, colgándoos yo de una picota ó á lo menos el verdugo, por mi man- dado; y ninguno me replique, que le asentaré la mano. Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél se fué á su casa, y el gobernador quedó diciendo : Ahora yo podré poco, ó quitaré estas casas de juego, que á mí se me trasluce que son muy perjudiciales. Esta á lo menos, dijo el escribano, no la podrá vuesa mer- ced quitar, porque la tiene un gran personaje, y más es sin comparación lo que él pierde al año que lo que saca de los naipes; contra esos garitos de menor cuantía podrá vuesa merced mostrar su poder, que son los que más daño hacen y más insolencias encubren, que en las casas de los caba- lleros principales y de los señores no se atreven los famosos fulleros á usar de sus tretas; y pues el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio común, me- jor es que se juegue en casas principales, que no en las de algún oficial, donde cogen á un desdicha- do, de media noche abajo, y le desuellan vivo.
MALICIAS Y AGUDEZAS 99
Ahora, escribano, dijo Sancho, yo sé que hay mucho que decir en eso. Y en esto llegó un cor- chete, que traía asido á un mozo, y dijo: Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros, y así como columbró la justicia, volvió las espal- das y comenzó á correr como un gamo, señal que debe de ser algún delincuente; yo partí tras él, y si no fuera porque tropezó y cayó, no le alcanzara jamás, ¿Por qué huías, hombre?, preguntó Sancho. A lo que el mozo respondió: Señor, por excusar de responder á las muchas preguntas que las jus- ticias hacen. ¿Qué oficio tienes? Tejedor. ¿Y qué tejes? Hierros de lanzas, con licencia buena de vuesa merced. ¿Graciosico me sois? ¿De choca- rrero os picáis? Está bien; ¿y adonde íbades ahora? Señor, á tomar el aire. ¿Y adonde se toma el aire en esta ínsula? Adonde sopla. Bueno; res- pondéis muy á propósito; discreto sois, mancebo; pero haced cuenta que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino á la cárcel. Asidle, ¡hola!, y llevadle, que yo haré que duerma allí sin aire esta noche. Por Dios, dijo el mozo, así me haga vuesa merced dormir en la cárcel como hacerme rey ¿Pues por qué no te haré yo dormir en la cárcel?, respondió Sancho; ¿no tengo yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando
loo MALICIAS y AGUDEZAS
que quisiere? Por más poder que vuesa merced tenga, dijo el mozo, no será bastante para hacer- me dormir en la cárcel. ¿Cómo que no?, replicó Sancho; llevadle luego, donde verá por sus ojos el desengaño, aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesada liberalidad, que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir un paso de la cárcel. Todo eso es cosa de risa, res- pondió el mancebo; el caso es que no me harán dor. mir en la cárcel cuantos hoy viven. Dime, demo- nio, dijo Sancho, ¿tienes algún ángel que te saque y ' que te quite los grillos que te pienso mandar echar? Ahora, señor gobernador, respondió el mozo con un buen donaire, estemos á razón y vengamos al punto.
Presuponga vuesa merced que me manda llevar á la cárcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir y estarme despierto toda la noche sin pegar pestaña, ¿será vuesa merced bastante con todo su poder para hacerme dormir si yo no quiero? No por cierto, dijo el secretario, y el hombre ha salido con su intención. De modo, dijo Sancho, ¿que no dejaréis de dormir
MALICIAS Y AGUDEZAS lOI
por otra cosa que por vuestra voluntad, y no por contravenir la mía?
No, señor, dijo el mozo, ni por pienso. Pues anda con Dios, dijo Sancho, idos á dormir á vues- tra casa, y Dios os dé buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconsejóos que de aquí adelante no os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os dé con la burla en los cascos. Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí á poco vieron dos corche- tes, que traían un hombre asido, y dijeron: Señor gobernador, éste, que parece hombre, no lo es, sino mujer, y no fea, que viene vestida en hábito de hombre. Llegáronle á los ojos dos ó tres lin- ternas, á cuyas luces descubrieron el rostro de una mujer, al parecer de diez y seis ó pocos más años, recogidos los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil perlas; mi- ráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias de seda encarnada, con ligas de tafe- tán blanco y rapacejos de oro y aljófar; los gre- güescos eran verdes, de tela de oro, y una sal- taembarca ó ropilla de lo mismo, suelta, debajo de la cual traía un jubón de tela finísima de oro blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre; no traía espada ceñida, sino una riquísima daga,
S09 lULIClAS Y AOVDBZAS
y en los dedos, muchos y muy buenos anillos. Finalmente, la moza parecía bien á todos, y nin- guno la conoció de cuantos la vieron, y los natu- rales del lugar dijeron que no podían pensar quién fuese, y los consabedores de las burlas que se habían de hacer á Sancho fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no venía ordenado por ellos, y así estaban dudosos esperando en qué pararía el caso. Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza, y pre- guntóle quién era, adonde iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito. Ella, puestos los ojos en tierra, con honestísima ver- güenza, respondió: No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importa fuera en secreto; una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona facinerosa, sino una doncella desdi- chada, á quien la fuerza de unos celos ha hecho romper el decoro que á la honestidad se debe. Oyendo esto, el mayordomo dijo á Sancho: Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora, con menos empacho, pueda decir lo que quisiere.
Mandólo así el gobernador, apartáronse todos, si no fueron el mayordomo, maestresala y el se- cretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosi-
MALICIAS V AGUDBZAS 10$
guió diciendo: Yo, señores, soy hija de Pedro Pé- rez Mazorca, arrendador de las lanas deste lugar, el cual suele muchas veces ir á casa de mi padre . Eso no lleva camino, dijo el mayordomo, señora, porque yo conozco muy bien á Pedro Pérez, y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra, y más, que decís que es vuestro padre, y luego aña- dís que suele ir muchas veces á casa de vuestro padre. Yo ya había dado en ello, dijo Sancho. Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo, respondió la doncella; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que todas vuesas mercedes deben conocer. Aún eso lleva camino, respondió el mayordomo, que yo conoz- co á Diego de la Llana, y sé que es ufi hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y una hija, y que después que enviudó no ha habido nadie en este lugar que pueda decir que ha visto el rostro de su hija, que la tiene tan encerrada que no da lugar al sol que la vea, y con todo esto la fama dice que es en extremo hermosa. Así es la verdad, respondió la doncella, y esa hija soy yo; si la fama miente ó no en mi hermosura, ya os habréis, señores, desengañado, pues me habéis visto; y en esto comenzó á llorar tiernamente. Viendo lo cual, el secretario se llegó al oído del maestresala, y le
104 MALICIAS Y AGUDEZAS
dijo muy paso: Sin duda alguna que á esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo de impor- tancia, pues en tal traje y á tales horas, siendo tan principal, anda fuera de su casa.
No hay que dudar en eso, respondió el maes- tresala, y más que esa sospecha la confirman sus lágrimas. Sancho la consoló con las mejores razo- nes que él supo, y le pidió que sin temor alguno les dijese lo que había sucedido, que todos procu- rarían remediarlo con muchas veras y por todas las vías posibles. Es el caso, señores, respondió ella, que mi padre me ha tenido encerrada diez años ha, que son los mismos que á mi madre come la tierra; en casa dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto más que el sol del cielo de día, y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son calles, plazas ni templos, ni aun "hombres, fuera de mi padre y un hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador, que por en- trar de ordinario en mi casa se me antojó decir que era mi padre, por no declarar el mío. Este en- cerramiento y este negarme salir de casa siquiera á la iglesia, ha muchos días y meses que me trae muy desconsolada; quisiera yo ver el mundo, á lo menos el pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo no iba contra el buen decoro que las
MALICIAS Y AGUDEZAS 10$
doncellas principales deben guardar á sí mismas. Cuando oí decir que corrían toros y jugaban ca- ñas y se representaban comedias, preguntaba á mi hermano, que es un año menor que yo, que me dijere qué cosas eran aquellas y otras muchas que yo no he visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía; pero todo esto era en- cenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi perdición, rogué y pedí á mi hermano, que nunca tal pidiera ni tal rogara, y tornó á renovar el llanto. El mayordomo le dijo: Prosiga vuesa merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido, que nos tienen á todos sus- pensos sus palabras y sus lágrimas. Pocas me quedan por decir, respondió la doncella, aunque muchas lágrimas sí que llorar, porque los mal co- locados deseos no pueden traer consigo otros des- cuentos que los semejantes. Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y llegó otra vez su linterna para verla de nuevo, y parecióle que no eran lágrimas las que lloraba, sino aljófar ó rocío de los prados, y aún las subía .de punto, y las llegaba á las perlas orientales, y estaba deseando que su desgracia no fuese tanta como daban á entender los indicios de su llanto y de sus suspiros. Desesperábase el gobernador de
So6 MALICIAS Y AOUeSZAS
la tardanza que tenía la moza en dilatar su histo- ria, y díjole que acabase de tenerlos más suspen- sos, que era tarde, y faltaba mucho que andar del pueblo.
Ella, entre interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo: No es otra mi desgracia, ni mi in- fortunio es otro, sino que yo rogué á mi hermano que me vistiese en hábitos de hombre can uno de sus vestidos, y que me sacase una noche á ver todo el pueblo cuando nuestro padre durmiese; él, importunado de mis ruegos, condescendió con mi deseo, y poniéndome este vestido, y él vistiéndose de otro mío, que le está como nacido, porque él no tiene pelo de barba, y no parece sino una don- cella hermosísima, esta noche debe de haber una hora poco más ó menos nos salimos de casa, y guiados por nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y cuando quería- mos volver á casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi hermano me dijo: Hermana, esta debe de ser la ronda; aligera los pies y pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, porque no nos conozcan, que nos será mal contado; y diciendo esto volvió las espaldas, y comenzó, no digo á correr, sino á volar; yo á menos de seis pasos caí con el sobresalto, y entonces llegó el ministro de
MALICIAS YAOUDBZAS lOf
la justicia que me trajo ante vuesas mercedes, adonde por mala y antojadiza me veo avergonza- da ante tanta gente. En efecto, señora, dijo San- cho, ¿no os ha sucedido otro desmán alguno, ni celos, como vos al principio de vuestro cuento di- jisteis, no os sacaron de vuestra casa? No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de ver mundo, que no se extendía á más que á ver las calles de este lugar; y acabó de con- firmar de ser verdad lo que la doncella decía, lle- gar los corchetes con su hermano preso, á quien alcanzó uno de ellos cuando se huyó de su her- mana. No traía sino un faldellín rico y una man- tellina de damasco azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca, ni con otra cosa adornada que con sus mismos cabellos, que eran sortijas de oro, según eran rubios y enrizados. Apartáronse con él el gobernador, mayordomo y maestresala, y sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cómo venía en aquel traje, y él, con no menos vergüenza y empacho, contó lo mismo que su hermana había contado, de que recibió gran gusto el enamorado maestresala; pero el gobernador les dijo: Por cierto, señores, que esta ha sido una gran rapacería, y para contar esta necedad y atre- vimiento no eran menester tantas largas ni tantas
I08 MALICIAS Y AGUDEZAS
lágrimas y suspiros; que con decir somos Fulano y Fulana, que nos salimos á espaciar de casa de nuestros padres con esta invención, sólo por cu- riosidad, sin otro designio alguno, se acabara el cuento, y no gemidicos y lloramicos, y darle.
Así es la verdad, respondió la doncella; pero sepan vuesas mercedes que la turbación qne he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guar- dar el término que debía, No se ha perdido nada, respondió Sancho; vamos, y dejaremos á vuesas mercedes en casa de su padre, y quizá no los ha- brá echado de menos, y de aquí adelante no se muestren tan niños ni tan deseosos de ver mundo: que la doncella honrada, la pierna quebrada y en casa, y la mujer y la gallina, por andar se pierden aina, y la que es deseosa de ver, también tiene deseo de ser vista; no digo más. El mancebo agra- deció al gobernador la merced que quería hacer- les de volverlos á su casa, y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy lejos de allí. Llega- ron, pues, y tirando el hermano una china á una reja, al momento bajó una criada que los estaba esperando, y les abrió la puerta, y ellos se entra- ron, dejando á todos admirados, así de su genti- leza y hermosura, como del deseo que tenían de ver mundo de noche y sin salir del lugar; pero
MALICIAS Y AGUDEZAS lOQ
todo lo atribuyeron á su poca edad. Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro día pedírsela por mujer á su padre, te- niendo por cierto que no se la negaría, por ser él criado del duque; y aún á Sancho le vinieron de- seos y barruntos de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en^ plática á su tiempo, dándose á entender que á una hija de un gobernador ningún marido se le podía negar. Con esto se le acabó la ronda de aquella noche, y de allí á dos días el gobierno, con que se destronca- ron y borraron todos sus designios, como se verá adelante.
Amaneció el día que se siguió á la noche de la ronda del gobernador, la cual, el maestresala pasó sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro, brío y belleza de la disfrazada doncella, y el ma- yordomo ocupó lo que della faltaba en escribir á sus señores, lo que Sancho Panza hacía y decía, tan admirado de sus hechos como de sus dichos, porque andaban mezcladas sus palabras y sus ac- ciones con asomos discretos y tontos. Levantóse, en fin, el señor gobernador, y por orden del doc- tor Pedro Recio, le hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de agua fria,
I lO MALICIAS Y AGUDEZAS
cosa que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de uvas; pero viendo que aquello era más fuerza que voluntad, pasó por ello con harto dolor de su alma y fatiga de su estómago, hacién- dole creer Pedro Recio que los manjares pocos y delicados avivaban el ingenio, que era lo que más convenía á las personas constituidas en mando y en oficios graves, donde se han de aprovechar, no tanto de las fuerzas corporales como de las del entendimiento. Con esta sofistería padecía ham- bre Sancho, y tal, que en su secreto maldecía el gobierno y aun al que se lo había dado; pero con su hambre y con su conserva se puso á juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció, fué una pregunta que un forastero le hizo, estando pre- sentes á todo el mayordomo y los demás acólitos, que fué: Señor, un caudaloso río, dividía dos tér- minos de un mismo señorío (y esté vuesa merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso); digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo della una horca y una como casa de audiencia, en la cual, de ordinario había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el due- ño del río, de la puente y del señorío, que era en esta forma: Si alguno pasare por esta puente de una parte á otra, ha de jurar primero adonde y á
MALICIAS Y AGUDEZAS 1 1 1
qué va, y si jurare verdad, déjenle pasar, y si di- jere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna.
Sabida esta ley y la rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad, y los jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió, pues, que to- mando juramento á un hombre, juró y dijo que por el juramento que hacía, que iba á morir en aquella horca que allí estaba, y no otra cosa. Re- pararon los jueces en el juramento, y dijeron: si á este hombre lo dejamos pasar libremente, min- tió en su juramento, y conforme á la ley debe morir, y si le ahorcamos, él juró que iba á morir en aquella horca, y habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre. Pídese á vuesa mer- ced, señor gobernador, ¿qué harán los jueces de tal hombre, que aún hasta agora están dudosos y suspensos? Y habiendo tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuesa merced, me enviaron á mí á que suplicase á vuesa merced de su parte, diese su parecer en tan intrincado y du- doso caso. A lo que respondió Sancho: Por cierto que esos señores jueces que á mí os envían, lo pudieran haber excusado, porque yo soy un hom- bre que tengo más de mostrenco que de agudo;
H2 MALICIAS Y AGUDEZAS
pero con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo lo entienda; quizá podría ser que diese en el hito. Volvió otra y otra vez el pregun- tante á referir lo que primero había dicho, y San- cho dijo: A mi parecer este negocio en dos pale- tas le declararé yo, y es así: ¿El tal hombre jura que va á morir en la horca, y si muere en ella juró verdad, y por la ley puesta merece ser libre, y que pase la puente, y si no le ahorcan juró men- tira, y por la misma ley merece que le ahorquen? Así es como el señor gobernador dice, dijo el mensajero, y cuanto á la entereza y entendimien- to del caso, no hay más que pedir ni que dudar. Digo yo, pues, agora, replicó Sancho, que deste hombre aquella parte que juró verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen; desta manera se cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje. Pues, señor gobernador, replicó el preguntador, será necesario que el tal hombre se divida en dos partes, en mentirosa y verdadera, y si se divide, por fuerza ha de morir; y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide, y es necesidad expresa que se cumpla con ella. Venid acá, buen hombre, respondió Sancho: este pasa- jero que decís, ó yo soy un perro, ó él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar la
MALICIAS Y AGUDEZAS II3
puente, porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis á esos señores que á mí os enviaron, que pues está en un fiel las ra- zones de condenarlo ó absolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que mal; y esto lo diera firmado de mi nombre si supiera firmar, y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino á la me- moria un precepto, entre otros muchos, que me dio mi amo Don Quijote la noche antes que vi- niera á ser gobernador desta ínsula, que fué, que cuando la justicia estuviese en duda, me decan- tase y acogiese á la misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este caso como de molde. Así es, respondió el mayor- domo, y tengo para mí que el mismo Licurgo, que dio leyes á los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el gran Panza ha dado, y acábese con esto la audiencia desta mañana, y yo daré orden como el señor gobernador coma muy á su gusto. Eso pido, y barras derechas, dijo Sancho, denme de comer y lluevan casos y dudas sobre mí, que yo los despabilaré en el aire. Cum- plió su palabra el mayordomo, pareciéndole ser cargo de conciencia matar de hambre á tan dis-
8
114 MALICIAS y AGUDEZAS
creto gobernador, y más que pensaba concluir con él aquella misma noche, haciéndole la burla última que traía en comisión de hacerle. Sucedió, pues, que habiendo comido aquel día contra las reglas y aforismos del doctor Tirteafuera, al le- vantar los manteles, entró un correo con una carta de Don Quijote para el gobernador. Mandó San- cho al secretario que la leyese para sí, y que si no viniese en ella alguna cosa digna de secreto, la leyese en voz alta. Hízolo así el secretario, y repasándola primero, dijo: Bien se puede leer en voz alta, que lo que el señor Don Quijote escribe á vuesa merced, merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice así:
Carta de Don Quijote de ia Mancha á Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataría.
«Cuando esperaba oir nuevas de tus descuidos é impertinencias, Sancho amigo, las oí de tus dis- creciones, de que di por ello gracias particulares al cielo, el cual del estiércol sabe levantar los po- bres, Dícenme que gobiernas como si fueses hom- bre, y que eres hombre como si fueses bestia, se- gún es la humildad con que te tratas; y quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces convie-
MALICIAS Y AGUDEZAS IlJ
ne y es necesario por la autoridad del oficio ir contra la humanidad del corazón; porque el buen adorno de la persona que está puesta en graves cargos ha de ser conforme á lo que ellos piden^ y no á la medida de lo que su humilde condición le inclina. Vístete bien, que un palo compuesto no parece palo; no digo que traigas dijes ni galas, ni que, siendo juez, te vistas como soldado, sino que te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y bien compuesto. Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras, has de hacer dos cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo he dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos, que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la ca- restía.
No hagas muchas pragmáticas; y si las hicie- res, procuras que sean buenas, y sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se guardan, lo mismo es que si no lo fuesen; antes dan á entender que el príncipe que tuvo dis- creción y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para hacer que se guardasen; y las leyes que ate- morizan y no se ejecutan, vienen á ser como la viga, rey de las ranas, que al principio las espan-
Il6 MALICIAS Y AGUDEZAS
tó, y con el tiempo la menospreciaron y se subie- ron sobre ella. Sé padre de las virtudes y padras- tro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos extremos^ que en esto está el punto de la discre- ción. Visita las cárceles, las carnicerías, las plazas; que la presencia del gobernador en lugares tales es de mucha importancia; consuela á los presos que esperan la brevedad de su despacho, sé coco á los carniceros, que por entonces igualan los pe- sos, y sé espantajo á las placeras por la misma razón. No te muestres (aunque por ventura lo seas, lo cual yo no creo), codicioso, mujeriego ni glotón, porque en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación determinada, por allí te da- rán batería hasta derribarte en el profundo de la perdición. Mira y remira, pasa y repasa los con- sejos y documentos que te di por escrito antes que de aquí partieses á tu gobierno, y verás como hallas en ellos, si los guardas, una ayuda de cos- ta, que te sobrelleve los trabajos y dificultades que á cada paso á los gobernadores se les ofrecen. Escribe á tus señores, y muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la soberbia, y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es agradecida á los que bien le han hecho, da
MALICIAS Y AGUDEZAS ll/
indicio que también lo será á Dios, que tantos bienes le hizo y de continuo le hace.
La señora duquesa despachó un propio con tu vestido y otro presente á tu mujer Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta. Yo he estado un poco mal dispuesto dé un cierto gateamiento que me sucedió no muy á cuento de mis narices, pero no fué nada, que si hay encantadores que me maltraten, también los hay qne me defiendan. Avísame si el mayordomo que está contigo tuvo que ver en las acciones de la Trifaldi, como tú sospechaste; y de todo lo que te sucediere me irás dando aviso, pues es tan corto el camino; cuanto más, que yo pienso dejar presto esta vida ociosa en que estoy, pues no nací para ella. Un negocio se me ha ofrecido que creo que me ha de poner en desgracia destos señores; pero aunque se me da mucho, no se me da nada, pues en fin, tengo de cumplir antes con mi profesión que con su gusto, conforme á lo que suele decirse: Amicus Plato, sed magis árnica neritas. Dígote este latín, porque me doy á entender que después que eres gobernador lo habrás aprendido. Y á Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lástima. — Tu amigo, Don Quijote de la Mancha. i*
Oyó Sancho la carta con mucha atencióo, y fué
Il8 MALICIAS Y AGUDEZAS
celebrada y tenida por discreta de los que la oye- ron, y luego Sancho se levantó de la mesa, y lla- mando al secretario, se encerró con el en su es- tancia, y sin dilatarlo más, quiso responder luego á su señor Don Quijote, y dijo al secretario que sin añadir ni quitar cosa alguna fuese escribiendo lo que él le dijese, y así lo hizo; y la carta de la respuesta fué del tenor siguiente:
Carta de Sancho Panza á Don Quijote de la Mancha.
«La ocupación de mis negocios es tan grande, que no tengo lugar para rascarme la cabeza, ni aun para cortarme las uñas, y así las traigo tan crecidas cual Dios lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced no se es- pante si hasta agora no he dado aviso de mi bien ó mi mal estar en este gobierno, en el cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por las selvas y por los despoblados.
Escribióme el duque, mi señor, el otro día, dán- dome aviso que habían entrado en esta ínsula ciertas espías para matarme, y hasta agora yo no he descubierto otra que un cierto doctor que está en este lugar asalariado para matar á cuantos go-
MALICIAS Y AGUDEZAS I IQ
bernadores aquí vinieren; llámase el doctor Pedro jlecio, y es natural de Tirteafuera, porque vea Viesa merced qué nombre para no temer que he de morir á sus manos. Este tal doctor dice él mis- mo de sí mismo que él no cura las enfermedades cuando las hay, sino que las previene para que no venojan, y las medicinas que usa son dieta y más dietí., hasta poner la persona en los huesos mon- dos, vOmo si no fuese mayor mal la flaqueza que la calentura. Finalmente ^ él me va matando de hambre, y yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pensé venir á este gobierno á comer ca- liente y á beber frío y á recrear el cuerpo entre sábanas de Holanda, sobre colchones de pluma, he venido á hacer penitencia como si fuera ermitaño, y como no la hago de mi voluntad, pienso que al cabo me ha de llevar el diablo.
Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en qué va esto, por- que aquí me han dicho que los gobernadores que á esta ínsula suelen venir, antes de entrar en ella, ó les han dado ó les han prestado los del pueblo muchísimos dineros, y que esta es ordinaria usan- za en los demás que van á los gobiernos, no sola- mente en éste.
Anoche, andando de ronda, topé una muy her-
120 MALICIAS Y AGUDEZAS
mosa doncella en traje de varón y un hermano suyo en hábito de mujer; de la moza se enamoró n^ maestresala, y la escogió en su imaginación paia su mujer, según él ha dicho, y yo escogí al mozo para mi yerno; hoy los dos pondremos en plática nuestros pensamientos con el padre de entrambos, que es un tal Diego de la Llana, hidalgo y cristia- no viejo cuanto se quiere.
Yo visito las plazas, como vuesa merced me lo aconseja, y ayer hallé una tendera que vendía avellanas nuevas, y averigüele que había mezcla- do con una hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliquélas todas para los niños de la doctrina, que las sabrían bien distin- guir, y sentencíela que por quince días no entrase en la plaza; hánme dicho que lo hice valerosa- mente; lo que sé decir á vuesa merced es que es fama en este pueblo que no hay gente más mala que las placeras, porque todas son desvergonza- das, desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo, por las que he visto en otros pueblos.
De que mi señora, la duquesa, haya escrito á mi mujer, Teresa Panza, y enviádole el presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho y procuraré mostrarqíe agradecido á su tiempo; bésele vuesa merced las manos de mi piarte, di-
MALICIAS Y AGUDEZAS T2l
ciendo que digo yo que no lo ha echado en saco roto, como lo verá por obra. No querría que vuesa merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis señores, porque si vuesa merced se enoja con ellos, claro está que ha de redundar en mi da • ño, y no será bien que pues se da á mí por con - sejo que sea agradecido, que vuesa merced no lo sea con quien tantas mercedes le tiene hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.
Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe ser alguna de las malas fechorías que con vuesa merced suelen usar los malos encan- tadores; yo lo sabré cuando nos veamos. Quisiera enviarle á vuesa merced alguna cosa; pero no sé qué le envíe si no es algunos cañutos de jeringas que, para con vejigas, los hacen en esta ínsula muy curiosos; aunque si me dura el oficio yo bus- caré que enviar en haldas ó en mangas.
Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuesa merced el porte y envíeme la carta, que tengo grandísimo deseo de saber del estado de mi casa, de mi mujer y de mis hijos. Y con esto, Dios libre á vuesa merced de mal intencionados encan- tadores y á raí me saque con bien y en paz deste gobierno, que lo dudo, porque le pienso dejar con la vida, según me trata el doctor Pedro Recio. —
122 MALICIAS Y AGUDEZAS
Criado de vuesa merced, Sancho Panza, el gober- nador.»
Cerró la carta el secretario y despachó luego al correo, y juntándose los burladores de Sancho, dieron orden entre sí como despacharle del go- bierno; y aquella tarde la pasó Sancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen gobierno de la que él imaginaba ser ínsula, y ordenó que no hubiese regatones de los bastimentos en la repú- blica y que pudiesen meter en ella vino de las par- tes que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de donde era, para ponerle el precio, se- gún su estimación, bondad y fama, y el que lo aguase ó le mudase el nombre, perdiese la vida en ello; moderó el precio de todo calzado, princi- palmente el de los zapatos, por parecerle que co- rda con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los criados, que caminaban á rienda suelta por el camino del interés; puso gravísimas penas á los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni de noche ni de día; ordenó que ningún ciego cantase milagro en coplas, si no trajese testimo- nio auténtico de ser verdadero, por parecerle que los más que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los verdaderos.
Hizo y creó un alguacil de pobres, no para que
M4LICIAS Y AGUDEZAS 1 2$
los persiguiese, sino para que los examinase si lo eran, porque á la sombra de la manquedad fingi- da y de la llaga falsa, andan los brazos ladrones y la salud borracha. En resolución, él ordenó cosas tan buenas, que hasta hoy se guardan en aquel lugar, y se nombran «las constituciones del gran gobernador Sancho Panza».
Pensar q.ue en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado, es pensar en lo excu- sado; antes parece que ello anda todo en redondo, digo á la redonda. A la primavera sigue el ve- rano, al verano el estío, al estío el otoño, y al oto- ño el invierno, y al invierno la primavera, y así torna á andarse el tiempo con esta rueda continua. Sola la vida humana corre á su fin, ligera más que el tiempo, sin esperar renovarse, sino es en la otra, que no tiene términosque la limiten. Esto diceCide Hamete, filósofo mahomético; porque esto de en- tender la ligereza é instabilidad de la vida presente, y déla duración de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han entendido; pero aquí nuestro autor lo dice por la presteza con que se acabó, se consumió, se des- hizo, se fué como en sombra y humo el gobierno de Sancho; «1 cual estando la séptima noche de
124 MALICIAS y AGUDEZAS
los días de su gobierno en su cama, no harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres, y de hacer estatutos y pragmáticas, cuando el sueño á despecho y pesar de la hambre le comenzaba á cerrar los párpados, oyó tan gran ruido de cam- panas y de voces, que no parecía sino que toda la ínsula se hundía.
Sentóse en la cama, y estuvo atento y escu- chando por ver si daba en la cuenta de lo que po- día ser la causa de tan grande alboroto; pero no sólo no lo supo, pero añadiendo al ruido de voces y campanas el de infinitas trompetas y atambores, quedó más confuso y lleno de temor y espanto, y levantándose en pie se puso unas chinelas por la humedad del suelo, y sin ponerse sobrerropa de levantar, ni cosa que se pareciese, salió á la puer- ta de su aposento á tiempo cuando vio venir por unos corredores más de veinte personas con ha- chas encendidas en las manos, y con las espadas desenvainadas, gritando todos á grandes voces: ¡Arma, arma, señor gobernador, arma, que han entrado infinitos enemigos en la ínsula, y somos perdidos, si vuestra industria y valor no nos so- corre!
Con este ruido, fiíria y alboroto, llegaron donde Sancho eajaba atóuito y embelesado de lo que oía
MALICIAS Y AGUDEZAS 125
y veía, y cuando llegaron á él, uno le dijo: Árme- se luego vuestra señoría, si no quiere perderse y que toda esta ínsula se pierda. ¿Qué me tengo de armar?, respondió Sancho, ¿ni qué sé yo de armas ni de socorros? Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo Don Quijote, que en dos paletas las despachará y pondrá en cobro; que yo, pecador fui á Dios, no se me entiende nada destas prisas. ¡Ah, señor gobernador!, dijo otro, ¿qué relente es ese?; ármese vuesa merced, que aquí traemos ar- mas ofensivas y defensivas, y salga á esa plaza y sea nuestro guía y nuestro capitán, pues de dere- cho le toca serlo, siendo nuestro gobernador. Ár- menme norabuena, replicó Sancho; y al momento le trajeron dos paveses, que venían proveídos de- llos y le pusieron encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavés delante y otro detrás, y por unas concavidades que traían hechas le sa- caron los brazos, y le liaron muy bien con unos cordeles dé modo que quedó emparedado y enta- blado, derecho como un huso, sin poder doblar las rodillas ni menearse un solo paso. Pusiéronle en las manos una lanza, á la cual se arrimó para po- der tenerse en pie. Cuando así le tuvieron, le di- jeron que caminase y los guíase, y animase á to- dos, que siendo él su norte, su linterna y su lucero,
126 MALICIAS y AGUDEZAS
tendrían buen fin sus negocios. ¿Cómo tengo de caminar, desventurado yo, respondió Sancho, que no puedo jugar las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablas que tan cosidas tengo con mis carnes? Lo qué han de hacer es lle- varme en brazos, y ponerme atravesado ó en pie en algún postigo^ que yo le guardaré ó con esta lanza ó con mi cuerpo. Aneje, señor gobernador, dijo otro, que más el miedo que las tablas le im- piden el paso: acabe y menéese, que es tarde y los enemigos crecen, y las voces se aumentan, y el peligro carga. Por cuyas persuasiones y vitu- perios probó el pobre gobernador á moverse, y fué á dar consigo en el suelo tan gran golpe, que pensó se había hecho pedazos. Quedó como galá- pago encerrado y cubierto con sus conchas, ó como medio tocino metido entre dos artesas, ó bien así como barca que da al través en la arena; y no por verle caído aquella gente burladora le tu- vieron compasión alguna, antes apagando las an- torchas tornaron á reforzar las voces, y á reiterar el arma con tan gran priesa, pasando por encima del pobre Sancho, dándole infinitas cuchilladas sobre los paveses, que si él no se recogiera y en- cogiera metiendo la cabeza entre los paveses, lo pasara muy mal el pebre gobernador, el cual, en
MALICIAS Y AGUDEZAS 127
aquella estrecheza recogido sudaba, y trasudaba, y de todo corazón se encomendaba á Dios que de aquel peligro le sacase. Unos tropezaban en él, otros caían y tal hubo que se puso encima un buen espacio, y desde allí, como desde atalaya, gobernaba los ejércitos, y á grandes voces decía: Aquí de los nuestros, que por esta parte cargan más los enemigos; aquel portillo se guarde, aque" lia puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen, vengan alcancías, pez y resina en calderas de aceite ardiendo, trínchense las calles con colchones. En fin, él nombraba con todo ahínco todas las ba- ratijas é instrumentos y pertrechos de guerra con que suele defenderse el asalto de una ciudad; y el molido Sancho, que lo escuchaba y sufría todo, decía entre sí: ¡Oh! ¡si mi Señor fuese servido que se acabase ya de perder esta ínsula, y me viese yo muerto ó fuera desta grande angustia! Oyó el cielo su petición, y cuando menos lo esperaba oyó voces que decían: Victoria, victoria, los enemigos van de vencida; ea, señor gobernador, levántese vuesa merced, y venga á gozar del vencimiento, y á repartir los despojos que se han tomado á los enemigos por él valor dése invencible brazo. Le- vántenme, dijo con voz doliente el dolorido San- cho. Ayudáronle á levantar, y puesto en pie, dijo:
128 MALICIAS Y AGUDEZAS
El enemigo que yo hubiere vencido, quiero que me lo claven en la frente; yo no quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar á al- gún amigo, si es que le tengo, que me dé un trago de vino, que me seco, y me enjugue este sudor, que me hago agua.
Limpiáronle, trajéronle el vino, desliáronle los paveses, sentóse sobre su lecho, y desmayóse del temor, del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba á los de la burla de habérsela hecho tan pesada; pero el volver en sí Sancho les templó la pena que les había dado su desmayo. Preguntó qué hora era; respondiéronle que ya amanecía. Calló, y sin decir otra cosa comenzó á vestirse, todo se- pultado en silencio, y todos le miraban, y espera- ban en qué había de parar la priesa con que se vestía. Vistióse, en fin, y poco á poco, porque es- taba molido y no podía ir mucho á mucho, se fué á la caballeriza, siguiéndole todos los que allí se hallaban, y llegándose al rucio le abrazó y le dio un beso de paz en la frente, y no sin lágrimas en los ojos, le dijo: Venid vos acá, compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos y mise- rias; cuando yo me avenía con vos, y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cui- dados de remendar vuestros aparejos, y de susten-
MALICIAS Y AGUDEZAS I2Q
tar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero después que os dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosie- gos. Y en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimismo enalbardando el asno, sin que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el rucio, coa gran pena y pesar subió sobre él, y encaminando SMS palabras y sus razones al mayordomo, al se- cretario, al maestresala y á Pedro Recio, el doc- tor, y á otros muchos, dijo:
Abrid camino, señores míos, y dejadme volver á mi antigua libertad; dejadme que vaya á buscar la vida pasada, para que me resucite desta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende á mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni rei- nos. Bien se está San Pedro en Roma; quiero de- cir que bien se está cada uno usando el oficio para que fué nacido. Mejor me está á mí una hoz en la mano, que un cetro de gobernador; más quiero hartarme de gazpachos, que estar sujeto á la mi- seria de un médico impertinente que me mate de
13® MALICIAS Y AGUDEZAS
hambre, y más quiero recostarme á la sombra de una encina en el verano y arroparniC con un za- marro de dos pelos en el invierno en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de Holanda y vestirme de martas cebolli- nas. Vuesas mercedes se queden con Dios, y di- gan al duque, mi señor, que desnudo nací, des- nudo me hallo, ni pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernado- res de otras ínsulas; y apártense, déjenme ir, que me voy á bizmar, que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced á los enemigos que esta noche se han paseado sobre mí. No ha de ser así, señor gobernador, dijo el doctor Recio, que yo le daré á vuesa merced una bebida contra caídas y molimientos, que luego le vuelva en su prístina entereza y vigor, y en lo de la comida yo prometo á vuesa merced de enmendarme, dejándole comer abundantemente de todo aquello que quisiere. Tarde piache, respondió Sancho; así dejaré de irme como volverme turco. No son estas burlas para dos veces. Por Dios que así me quede en éste ni ad- mita otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar al cielo sin alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos, y
MALIQAS Y AGUDEZAS 1 3 I
si una vez dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, á pesar de todo el mundo.
Quédense en esta caballeriza las alas de la hor- miga que me levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y volvamos á andar por el suelo con pie llano, que si no lo ador- naren zapatos picados de cordobán, no le faltarán alpargatas toscas de cuerda; cada oveja con su pareja, y nadie tienda más la pierna de cuanto fuere larga la sábana, y déjenme pasar, que se me hace tarde. A lo que el mayordomo dijo: Señor gobernador, de muy buena gana dejáramos ir á vuesa merced, puesto que nos pesará mucho de perderlo, que su ingenio y su cristiano proceder obligan á desearle; pero ya se sabe que todo go- bernador está obligado, antes que se ausente de la parte donde ha gobernado, á dar primero resi- dencia; déle vuesa merced de los diez días que ha que tiene el gobierno, y vayase á la paz de Dios. Nadie me la puede pedir, respondió Sancho, si no es quien ordenara el duque, mi señor; yo voy á verme con él, y á él se la daré de molde; cuanto más que saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra señal para dar á entender que he gobernado como un ángel.
Por Dios que tiene razón el gran Sancho, dijo
132 MALICIAS Y AGUDEZAS
el doctor Recio, y que soy de parecer que le de- jemos ir, porque el duque ha de gustar infinito de verle. Todos vinieron en ello y le dejaron ir, ofre- ciéndole primero compañía y todo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la co- modidad de su viaje. Sancho dijo que no quería más de un poco de cebada para el rucio y medio queso y medio pan para él; que pues el camino era tan corto, no había menester mayor ni mejor repostería. Abrazáronle todos, y él llorando abra- zó á todos y los dejó admirados, así de sus razo- nes como de su determinación tan resoluta y tan discreta.
FIN
ÍNDICE
Faginas.
Dos PALABRAS 5
Refranes de Sancho Panza 7
Aventuras y desventuras.
Aventura de los yangüeses 21
Desventuras en la venta 29
Manteamiento de Sancho 36
Malicias y agudezas de Sancho Panza. .•,... 40
Sancho Panza en casa de los Duques 52
Sancho, gobernador de la ínsula Barataria. ... 67 Carta de Don Quijote de la Mancha á Sancho
Panza, gobernador de la ínsula Barataria. ... 114
Carta de Sancho á Don Quijote de ia Mancha. 118
López del Arco
Madrid
(Pidase el Catálogo ilustrado, que se envía gratis.)
OBRAS VARIAS
OBBAS DE GTULN ACTITALIDAB
lias mujeres del Quijote, por Miguel de Cervantes Saavedra, un tomo de cerca de 300 páginas elegantemente impreso.
3 pesetas.
Sefranas de Sancho, aventuras y desventuras, malicias 7 a^rudezas del escudero de Don Quijote. Un volumen de cer- ca de aoo páginas.
2 pesetas. OBBAS LUJOSAS É ILUSTRADAS
CON PROrnSIÓN DK dibujos BLSaASTKMSHTS IMPRB80S
n 2 pesetas.
SANGUÍNEAS, por Catulo Mendes; ilustraciones de Poveda (es prensa).
Fabrica de crímenes, por Paul Febal,- Uustraciones de Mon- ta gud.
1,08 doxningos de un burgués en París.
lias hermanas Sondoli.
Antón.
El señor Parent.
Estas obras están traducidas por Luis Ruiz Contreras, ilustradas por Geo Dupuis, grabados en madera porLemoine.
H 3,50 pesetas tomo.
DIVERSIONES INFANTILES
BI melor resalo para los niños
ffsiea recreativa. Craneformaef^n de anfinaUs.
Con papel ó cartón ejecutar figuras de movimiento y enseñar á los minos en dos lecciones á dibujar sin necesidad de maestro. Retratarse á si mismo. Construir con cerillas palacios, casas y cuantos objetos estén al alcance de los compradores del libro. Historias graciosísimas. Problemas. Figuras grotescas. Trabajos recopilados por A. López del Arco.
Páginas de música de Chapí, Cliueca, Jiménez y Bretón. Dos cuen- k)S por Pére¿ Zúñiga. Ilustraciones de Montagud.
teerea de 500 dibulos!
Libro qa* enseña, deleita y nunca s« olvida. 3 pesetas.
LZnciclopedia del AnoR
C«ll Mil BB BOO DIBUJOS T FOTOemArlAS DB LA VIDA ÍNTIItA T PBIVASA
• SUMARIO»
El amor, la mi^er y la belleza.— Las morenas, las rubias, las gruesas j las delgadas.— La mujer vestida; desnuda.— Refinamientos déla co- quetería. Manifestaciones y placeres del amor en los distintos Mi-
s«s.— Matrimonios y sus fórmulas.— La prostitución y sus leyes. Extravíos.— Placeres.— Estetas populares.— Frases, anécdotas, pen- samientos y resumen de cuanto se ha escrito acerca del amor y de la mujer.
AUTOKIS DM UA, OBIA
Shakespeare, Catulle, Francisco I, Alberto Samatn, Soamet, Vig- ny. Rousseau, Fontalne, Baudelalre, Pltacuss, Levls, Stendhal, Mi- chelet, Espronceda, Rama Soutra, Alfonso Karr, Masset, Guilbert, Silvestre, Qautier, Lendos, FirenzaoU, Burel, Qeneval, Sieyes, Byron, Lermina, Rostand, Bécquer, Campoamor, Lombroso, Labram, Saffo, Witkowski, Bartel Leudet, Granier, Rohan, Grellety, Simón, Beaure- paire, Víctor Hago, Catarineu, Curros-Enriquez , Manuel Paso, López del Arco y Moreno de la Tejera.
Contiene pensamientos, artículos, versos, etc. del amor, del vicio y de la mujer. Precio: 5 pesetas.
física del amor, de Remy de Gourmont. .,,,,^ „i,imi-i
Sumario: Objeto de la vida.— Escala de sexos. — Dimorfismo sexu&I. — Órgano del Amor . —Mecanismo del amor.— Preparación sexual.— Poli- gamia.—Problemas de las aberraciones.— Instinto.— La tiranía del sis- tema nervioso. Versión de Luis Ruiz Contreras. Un grueso volumen con elegante cubrierta el cromo 3,50 pesetas.
LA VIDA ALEOBE EN MADSID
Sumario: Semblanzas de mujeres conocidas.— La vida alegrt. — Fornos. — Lenocinio en Madrid— La trata de blancas.— Sacerdotisas del amor.— Madrid de noclie.— Amores lésbicos. iJn grueso volumen de c«rca de seo páginas, apaisado, elegantemente impreso. Precio, 3 pe- setas.
CÓMO CAEN LAS MTTJEBES
Interesantísima antología del amor, formada recopilando los pasajes nás notables de las novelas de Balzac, Muger, Zola, Daudet, Flaubcrt, Prevots, Gautier, Maupassant, Mirbeau, Pérez Galdós, Valera, Blasc» Ibáñez y otros; un grueso volumen elegantemente impreso, 3,50 pe- setas.
LA HERMÉTICA, por Rachilde, versión de Luis Ruiz Contreras; un
volumen elegantemente impreso, 3,50 pesetas. HISTORIA DE DOCE TIMOS, por Ramiro Blanco; con ilustraci»-
nes, 3 pesetas. EL INFIERNO RESTAURADO POR LA IGLESIA (Cristo y el clero),
por el Conde León Tolstoi, x peseta. LA SANTA BIBLIA, por Ramón Chíes, dos gruesos volúmenes, 3,50
pesetas los dos tomos. EL OLMO DEL PASEO por Anatolio France, 3,50 pesetas
Aventuras del baroncito de Foblas.
260 ediciones publicadas en francés. Cubiertas en colores.
pmnai& tomo HORAS SEXUALES.— Un volumen de más de 350 páginas, á 1,50 ptas.
8BODHDO TOMO
CASTIDAD VENCIDA.— Un volumen de cerca d« jso páginas, á 1,50 pesetas.
TSKOBR TOMO
CARNE DE PLACER.— Un volumen da más de aoo páginas, á una pta. TOTUM REVOLUTUM (prosa y verso) (ilustrado), por A. López de
del Arco; prólogo de Carlos Frontaura, á 2,50 pesetas. ÁLBUM DE LAS PECADORAS (con fotografías) «lo.rs ptas. LA ALEGRÍA DE LA HUERTA (novela), por García Alvarez.
350 FÓRMULAS DE FRITO, á una peseta.
«50 FÓRMULAS DE POSTRES HELADOS Y BUDINES, á una
peseta. COCINA (en forma de Diccionario para mayor facilidad), por Ángel
Muro, dos tomos ilustrados con cromos, 20 pesetas. GUIA PRACTICA DE LA COCINA MODERNA.— Un vslumen de
cerca de i .500 páginas y profusión de grabados, á 7 pesetas.
LA PROPIEDAD, por Thiers, un volumen de cerca de 400 páginas, 3 pe- setas.
EL CONTRATO SOCIAL, por J. J. Rousseau, un volumen de más de soo páginas, 1,50 ptas.
COSMOPOLITA, cinco cuadernos, á 0,40 ptas. cada uno.
TOMOS DE MÁS DE 300 PÁGINAS
CUBIXRTAS AL CROMO
n ana peseta.
PARA LEER EN EL CONVENTO, por Catulo Mendes.
CANTAR DE LOS CANTARES, por E. Renán.
CONTRATO DEL DIABLO, por Arsenio Houssaye.
PLACERES DE DOS SOLTERAS, por un autor de moda.
LA CAMA ENCANTADA, por Catulo Mendes.
SOR MARÍA DE LAS NIEVES, por A. López del Arco.
LOS CAROLINOS, por Verner-Von Hiedenstam.
UN PRECIOSO TESTAMENTO, por Rider Haggard.
iPOBRE LUCILAI por Wilkirie Colllns.
LA FORTUNA DE DORIS, por Florencio Warden.
EL HUEVO DE COLON, por Sinesio Delgado.
AMOR QUE ríe Y AMOR QUE LLORA, por Catulo Mendos.
BOCETOS LITERARIOS, por A. López del Arco; prólogo da A. Sáa-
chez Pérez. SIN PIES NI CABEZA, por Juan Pérez Zúñiga. CUENTOS FANTÁSTICOS, por Hoflmann. ARTE DE AMAR, por Ovidio. LA MUERTA (novela), por Octavio Feuillet; un volumen de más de aoo
páginas, una peseta. HISTORIA DE GARIBALDI, por Alejandro Lerroux; un volumen de
más de 350 páginas, una peseta. MISTERIOS DEL MUNDO (boceto de novela filosófica), p»r E. Ba-
rriobero, 1 peseta. DESDE EL ARROYO, por Eduardo Zamacois, un volumen de más
de 300 páginas, i peseta.
A do* pesetas.
EL FAMOSO COLIRÓN (novela), por José Juan Cadenas. MEMORIAS DE UN JESUÍTA, por el R. P. Sarmiento.
OCTAVO PECADO CAPITAL, por Arsenio Houssaye.
TENTACIONES DE SAN ANTONIO, por G. Flaubcrl.
EL GOBERNADOR DE R..., por López del Arco.
vírgenes y COCOTTES, por Emilio Zola y Catulo Mendes.
artículos de fantasía, por S. Delgado, ilustraciones de Cilla j
Mecachis. CUENTOS nacionales, por Ángel R. Chaves. LOS HIJOS DEL TRUENO, por A. R. López del Arco. PARA LEER EN LA CAMA, por Catulo Mendes y MaupaManl. VICIO AMOROSO, por Guy de Maupassant. CÁNCER SOCIAL (novela), por A. López del Arco.
n tres pesetas.
SIGLO PASADO, por Leopoldo Alas {Clarín), última producción del emi- nente crítico.
LA CORTE DE LOS FELIPES, por Ángel R. Chayes.
MUJERES DE TEATRO (Vida Alegre), ilustradas con profusión de fotografías, intimidades de la vida privada de estas mujeres, seis cua- dernos á 50 céntimos cada uno.
CARTAS DE AMOR (ilustrada), por Marcel Prevost.
LAS RAMERAS DE SALÓN (deshonra y vicies sociales), por Sánchez Seña.
LA MANCEBA (Deshonra y vicios sociales) (novela), por Sánchez Seña.
BIBLIOTECAS QUE PUBLICA ESTA CASA
• BRAS DB AUTORES CÍLXBRX8
TOMOS DE MÁS DB aoo PÁGINAS
Con elegantes cubiertas al cromo.
TrMduccionea esmeradísimas de Rodríguez Chaves, Cadenas. Valle
Inclán, Carlos Miranda y etros.
(Pídase catálogo ilustrado que se envía gratis )
n 75 céntimos.
I.— NOCHE DE AMOR, por Emilio Zola. n.— IMITACIONES, por el conde León Tolstoi. m.-ADULTERIO, por Adolfo Belot. n'.— LA MUJER DEL DIPUTADO, por Emilio Zola.
V.— EL TITIRITERO DE LA VIRGEN, por Anatolio Trance. VI.— DOS QUERIDAS, por Alfredo Musset. Vn.— MISTERIOS DEL AMOR, por Enrique Sienklewicz, autor J«
Qtto vadis? Vin.— AMORES ADÚLTEROS, por Daudet, Zola, Maupassar^t, Copee, Catulo Mendes, Sudermmann, Pain, Karr y otros. IX.— DOS AVENTURAS, por el conde León Tolstol. X.— MISERIAS DE LA VIDA CONYUGAL, por H. Balzac. XI.— LOS PECADOS DE LA JUVENTUD, por E. Souvestre. Xn.— LA SEÑORITA DE ORO, por Catulo Mendes. Xm.— LA VIRTUD EN LA DESHONRA, por Catulo Mendes. XIV.— LA PEQUEÑA EMPERATRIZ, por Catulo Mendes. XV.— A ORILLAS DEL MAR, por Emilio Zola. XVI.— MADRE Y CELESTINA, por Guy de Maupassant. XVII.-RETRATOS DEL NATURAL, por Ho££mann.
BIBLIOTECA AMOBOSA
(COLBCCIÓN BKBÉ)
CoM iibu|o« y f otosrraffas de nuestros mefores artistas.
a 75 eéntlmo*.
I.— Bn bnsoa de una mnjer, por Teófilo Gautier; ilustracio- nes de Mota. n.— Ctosas de mi tierra, por Arturo Reyes; dibujos de Mota y Cilla; fotog;rafías de varios.
in.— Zrft vida en broma, por Luis Taboada; ilustracioaes de Huer- tas, Cilla, Mecachis, Arverás, Poveda, Verdugo, Montagud y otros.
ÍY.—JaL divisa verde (novela), por José Zahonere; ilustraciones ds M. Soler; fotografías de varios.
V.—Tttk muñeca, oor José Francos Rodríguez ; ilustracioass de Montagud.
VI.— La 41 tima lucha (novela), per Alfonso Péret Nieva; ilus- traciones de Montagud.
VII.— Las coquetas (novela), por Gabriel Merino; ilustraciones de Peveda .
BIBLIOTECA FESTIVA
COI BLXOANTS8 CUBIERTAS AL CROMO
TOMOS DE MAS DE 200 PAGINAS n una peseta.
I.— LOS RATAS, por Julián Castellanos (c). n.— EN CARNE VIVA, por Conde Salazar, Zahonero y López Bago, m.— EL AMOR SIN VELOS (c), por Manuel Valcárcel. IV.— SI TE PICA... Ráscate (c), colección de cuentos alegres, por
autores de buen humor. V.-lQUE COLEANI iQUE COLEANl por Tirante, Alegría y otros. VI.— iVíVITOS Y COLEANDOl (c), coleccionados por E. Lustonó. VII.— MOSTACILLA Y PIMIENTA (c), cuentos verdes, de Boccacio. Vni.— lACABADITOS DE COGERI (c), por lo mejor de nuestro Par naso. EX.— LA PICARA CORNELIA (c), por José do Siles. X.— EL BARÓN DE CHICHA Y NABO (c), por José de Siles. XI.— LA POLLA DE FRAY ESTEBAN (c), por José de Siles. Xn.— EL PRIMER POLVO, por Tirante al blanco. Xm.— NO MASCAR AJOS (c), por Tirante al blanco. XTV.-CARAMELOS DE MENTA (c), cuentos alegres, por ¡Juan
Bubre. XV.— ¿PICAN... PICAN? (c), por Tirante, Amor Mellan y otros. XVI.— HISTORIAS SIN CAMISA (c) (cuentos crudos), por nuestros
mejores literatos. XVn.— SEÑORITAS FÁCILES (c), por Arsenio Houssaye. Los que llevan una (c) tienen cubierta al cromo.
BIBLIOTECA FBIVADA
(roiiiiBTOs Ds utilidad)
FUROR DE AMOR, por Argimiro Blay.
CORTESANAS, SODOMITAS Y EUNUCOS, por Argimiro Blay.
PLACERES DESCONOCIDOS, por el Dr. Moorne.
MISTERIOS DEL MATRIMONIO (consejos á las solteras para contraer
matrimonio pronto y bien). LA FIEBRE DE LOS PLACERES, por el Dr. Moornt.
OBB.AS FOB. CT7ADEBN0S
COH PRECIOSOS CROMOS
INTERCALADOS EN EL TEXTO
n 25 céntimos.
LA CARA DE DIOS, par R. Valle laclan, la obra completa, 7,50 pe- setas un volumen.
La MARSELLESA (novela histórica), por Julián Castellanos y VeJasco, dos volúmenes. La obra completa, 20 pesetas.
BIBLIOTECA VERDE
De los mejores autores españoles v extranjeros.
(CUBIBRTAS AL CROMC )
a dO céntimos tomo.
PUBLICADOS
L— MANOJO DE CUENTOS MUY VERDES (cuentos), por A. Ló- pez del Arco, n.- AVENTURAS DE UNA QUERIDA ABANDONADA (cuentos), por Houssaye y Catulo Mendes.
ni. — Cara- AJADA (novela), por la Condesa de Agrámente. IV.— UN MARIDO PARA LAS SIESTAS (novela), por Vicente Mo- reno de U Tejera. V.— iNO FORNICAR! (decálogo-novela), por H. Benotti. VI.— iPOR EL PANí (novela), por E. Sienkievicz. Vn.— LAS vírgenes (novela), por Gabriel D'Annunzio. Vin.— Las mujeres que tiran (novela) (mosquetazos), por Athos. K. -PAÑOS. . . calientes (mosquetazos), A-ramls. X.— BUSCANDO EL CHISME (novela), por Juan Pascual.
otras de venta eo esia aÉifíistración.
SANTA (novela), por Federico Gamboa; precio, 3,50 ptas.
LEGISLACIÓN VIGENTE, sobre la construcción de Escuelas, por Froilán Rodríguez G. de Maquiyae.
TEATRO SELECTO DE DON RAMÓN DE LA CRUZ.-Colección de sus mejores saínetes, ilustrada con 40 acuarelas, por M. Cubas, y biografía del inmortal sainetero, por Roque Barcia; 6 ptas.
GALERÍA HISTÓRICA DE MUJERES CELEBRES, por EmiU» Castelar; ocho tomos, á s ptas. uno. El tomo I con retrato y pen_ Sarniento autógrafo del autor.
GRAN COLECCIÓN DE JUEGOS DE PRENDAS, de sociedad 6 de tertulia (juegos de salón, jardín, campo, bosque y pradera; de mo- vimiento, atención, memoria, atraque ó ciíanza, malicia 6 broma, galantería, imaginación, instrucción y recreo; inventiva, casualidad, oportunidad, rompecabezas ó cuestiones de corro y ronda, adornado con charadas de adivinanza y acción, penitencia, despropósitos, y con un completo catálogo de distracciones útiles y otra porción de pasatiempos); 3 ptas.
MONOGRAFÍAS AGRÍCOLAS.— Plantas forrajeras, por Rallo Cam- puzano, I pta.
TRATADO DEL CULTIVO Y BENEFICIO DEL TABACO, por RaUo Campuzano, a ptas.
NOCIONES DE HISTORIA DE CUBA, 4 pesetas.
AL Aí'CE LIBRE (novela), por José Hornos, a ptas .
GERMÁN PRIMERO (novela), por Alfonso Benito Alfeor, t pta.
iSIN MADRE! (novela), p«r Alfonso Sawa un grueso volumen elegaate- meoto impreso, 2 ptas.
Pídate el Catálogo Ilustrado que tt «nvla gratis.
Miguel do Cervantes Saavedra
Ud grueso volumen, TRES PESETAS
BIBLIOTECA AMOROSA
X — Enliusca de una mujer, ¡oi
T. Gautier. II.- Cosas de mi tleri-a, por
A. Reyes. XXI.— lia vida en broma, \>ot
L. Taboada. IV.— La muñeca, |>or J. F. Ro- dríguez. V.— La divisa verde, (novela» por
J. Z.thoiiero. VI.— La última lucha, (Dove)a),
por A. Pérez Nieva. VII.— Las coquetas (novela) por
G. Merino.
Hnstraciones de Mota, Cilla, Huer- tas, Mecachis, Arverás, Poveda, Verdu- go, Móntagnd, M. Soler y otros
Cómo caen las mujeres.
Interesantísima aiitolo};ía del arnor, forinada rtco[)ilando los pa- sajes iná>^ notabks de las novelas de Balzac, Mür}>er, Zola, Daudet, Flaubcrt, Prcvots, Gaulier, M.iu- passapf, Mirhr^.Hi. Cérez Gald6s, Va- iera, 15!. ' z, y otr'>s; un
grueso \ -antemente im-
preso, 3-
Diversiones infantiles.
El me)or regalo para los niño»
- Física recreativa. Transforinacion de animales. Con papel 6 cartón ejecutar li- baras de movimicntu y enseñar á los niáos <Mi dos lecciones á di- bujar sin necesidad de maes- tro. Kelratarsf á sí mismn. Construir con cerill.iv palai-io--, casas, y cuantos ol'jrto-; psitjn al alcance >!■ ' - ..rc^
del liI>ro. i -. fi-
nias. I'robll:. - ;.;l(>-
tescas. l'áginas de C'liapí, ('hueca. .1 'ro- tón. líos cuentos al- ga, liusirac .d. ¡Cerca i
Libro que eu«cii 1, -.. ., ^ > I i«.
ENCICLOPEDIA DEL AMOR
Con más de 200 dibujos y fotogra- fías de la vida intima y privada.
Contiene pensamientos, artículos versos, etc. del amor, del vicio y de la mujer. Precio: 5 pesetas.
hñ ViDii HLE6RE EN MUDRID
por J. Juan Cadenas.
Sumari'"!. — Semblanzas de mu- jeres conocidas. La vida alegre. Vornos. I^cnocinioen Madrid. La trata de blancas. Saeerdotisas del amor. Madrid de nuchf. .Amores lésbicos.
Un ¡grueso volumen, ele^anie- mente impreso, 3 pesetas.
pídase el Catálogo ilus- trado que se envía gratis á esta cas^ editorial.
TOMOS DE MAS DE 200 PÁGINAS Uli^ESETA
Obras de Tolstoi, Belot, Zola, Sienkiewicz, Daudet, Maupassant, Catuio Mendes, Sudermmann, Balzac, Souvesire, Flaubert, Gauiljr, Chaves, Clarín, Reyes, Pérez Zúñiga, Cadenas, López del Arco, Valle Inclán, Francos Rodríguez. Z.^honero . Taboada, Pérez Nieva y otros.
PQ Cervantes Saavedra, Miguel de
6323 Refranes de Samcho Panza
A7L7
PLEASE DO NOT REMOVE CARDS OR SLIPS FROM THIS POCKET
UNIVERSITY OF TORONJO LIBRARY